La fiebre del Stoke acomete al artesano y al labrador, al padre de familia pacífico y al jóven aturdido: el yankee sale de su vida habitual, persigue la quimera, se embriaga con sus conjeturas y sus cálculos, y cuenta como una página de las más interesantes de su existencia, esa alucinacion de la que muchas veces despierta en la miseria, ó se duerme para siempre con el suicidio.
El corredor es el sabueso destrísimo en esta caza de fortunas: hay Stokes llamados con márgen, que interesan al corredor, y entónces se amplían las operaciones, y es más complicado, y exige mayor destreza de los que entran en esas campañas.
—Nada de esto habia en los tiempos en que vine yo la primera vez aquí, dijo mi compañero sonorense, fino, generoso, servicial, de ojos centellantes, abierto reir y tez morena, á quien por cariño llamábamos El Negro; nada de esto, y cuidado que eran los dias del oro. Entónces el albur embriagaba la gente y corria como agua la fortuna, deteniéndose ó escapándose del modo más caprichoso del mundo.
—Que traigan unas copas y le remojaremos al Negro la garganta para que nos cuente sus aventuras.
—Cerveza.
—Ajenjo.
—Un coptail.
—Señores, felicidades.
Tocaron las copas la obertura de la narracion, y el Negro dijo así: