No ví jamás corazon más sinceramente modesto. ¡Cómo sabe admirar á sus mismos émulos! ¡cómo desconoce la envidia, mancha y carcoma de los hombres dados á las letras, donde quiera que se habla español!
David no se contentó con ser mi amigo, sino que me procuró conocimiento con periodistas muy entendidos y hombres de verdadero mérito.
Si la naturaleza de este escrito lo permitiese, hablaria de la literatura en las otras Américas; copiaria aquí con verdadero contento las sabrosas letrillas de David, y artículos de costumbres que como Regaños al corazon, La casa nueva, Por andar á oscuras, Un dia de fiesta en San Victorino, y otros en que abundan los delicados chistes de Jouy, la fidelidad de pinturas de Mesonero y la intencion profunda de Addison y de Fígaro.
¿Quién es ese señor, enjuto de carnes, delgado de cuerpo, modesto y atento, que no se atreve á pasar el quicio de la puerta?
Es el Sr. Ahumada, mexicano, persona cuya dedicacion es servir y atender á los paisanos que llegan á aquella tierra, no solo con gran desinteres, sino gastando de su peculio para cumplir con esos deberes de bondad que él solo se ha impuesto.
Hay en San Francisco, como en todos los Estados-Unidos, un tipo altamente repugnante: el mexicano ayankado. Usa bota fuerte, esgrime estupenda navaja, con la que pule y aguza sus uñas, labra palos y se limpia los dientes; habla poco y siempre en inglés, casi se acuesta boca arriba y fija los piés en una mesa, ó un barrote, ó la pared, bebe wiskey, masca tabaco, da sendos apretones de mano al primero que le habla y salpica con desvergüenzas desde el saludo, llamándose á los ojos su machucado y desgobernado sombrero.
El reverso de ese tipo es el Sr. Ahumada, siempre mexicano, aunque amigo de muchos americanos apreciables.
El Sr. Ahumada me procuró el conocimiento de M. Hithell, uno de los primeros pobladores de California en la época americana.
M. Hithell despacha en un cuartito de tablas contiguo á una casa de comisiones, calle de Sacramento: es afable, habla bien español, y en su fuerte contestura y en su rostro abierto, campean la inteligencia y la franqueza.