Dí las gracias á M. Hithell y envié mi libro á mi querido amigo F. U., para que lo hojease y me apuntase lo notable para ahorrarme trabajo.
Mi amigo me volvió el libro á los pocos dias, con anotaciones mejores que las que esperaba, y el extracto que van á conocer mis lectores:
“Mr. Jhon S. Hithell, en el prólogo de la 6.ª edicion de su interesante libro titulado “Recursos de California,” hace un bosquejo á grandes rasgos de la historia de este país, en un estilo entusiasta y elegante, con toda la pasion de un americano de los primeros que se establecieron allí, despues de que dejó de pertenecer á México aquel importante territorio.
“Juzga poco probable, así la tradicion de que los aztecas vinieron de aquella costa, como la teoría de que los indios norteamericanos son descendientes de los asiáticos; y de esa éra primitiva dice que no quedan hoy más que unos cuantos nombres propios, como Sonoma, Napa, Potaluma, etc.
“La segunda éra, que es la de la dominacion española, la cuenta desde el 11 de Abril de 1769 en que llegó á San Diego el bergantin “San Antonio,” con los primeros hombres blancos que iban á establecerse allí, y eran frailes franciscanos misioneros y unos cuantos soldados que los acompañaban.
“Pone por término de esta segunda éra y principio de la tercera la proclamacion oficial de nuestra independencia en Monterey, capital del territorio, el 9 de Abril de 1822. Da una idea general del estado del país durante esta éra, bajo el dominio de México, y hace mencion de los nombres de los cabezas de familias principales en aquella época; familias, en su concepto, demasiado numerosas, siendo en efecto notable, entre otros, el ejemplo que cita de una anciana llamada Juana Cota, que dejó vivos al morir, quinientos descendientes. Los demás nombres que cita y que bien merecen recordarse entre nosotros, por el interes especial que inspiran aquellos antiguos hermanos nuestros, son los de Ignacio Vallejo, Joaquin Carrillo, José Noriega, José María Pico, Francisco Sepúlveda, José María Ortega, Juan Bandini y otros descendientes de éstos en una segunda generacion. Esta éra del dominio de México termina con la ocupacion por los americanos de la que nosotros llamábamos Alta California, respecto de cuyo suceso dice nuestro autor, que poco despues de la primer batalla en el Rio Grande, se ordenó por el gobierno americano se levantase en Nueva-York un regimiento de hombres comprometidos á permanecer en California despues de la guerra, como fundadores de un nuevo país, sin cuyo requisito no debian ser admitidos. Esto prueba la muy deliberada intencion de aquel gobierno, desde el principio de la guerra, de apropiarse aquel país decididamente.
“El 6 de Marzo de 1847 llegó á él aquella expedicion militar, y el 19 de Enero de 1848 se hizo el descubrimiento del oro, un mes ántes de que se firmase el tratado de Guadalupe, y cinco y medio meses ántes de que la paz fuese finalmente proclamada, y reconocido por México el título americano de California. En Noviembre de ese mismo año se formaron en los Estados-Unidos las expediciones que, de cerca del Atlántico por el Cabo de Hornos, y del Valle del Mississippí á través de las Montañas Rocallosas, se lanzaron á buscar oro, dice Hithell, en aquel remoto Eldorado, en una tierra desconocida á la geografía, en un océano desconocido al comercio.”
Hé aquí á continuacion cómo habla de una de esas expediciones:
“Yo fuí uno de los que formaban aquel ejército de 20,000 hombres, sin organizacion, que en Mayo de 1849 acampaba en las orillas del Rio Missouri, entre Councill Bluffs é Independencia, en marcha para la tierra del oro. Pocos tenian animales de carga ó mulas de tiro: la mayor parte teniamos tres yuntas de bueyes, y tres hombres y un carro con provisiones para un año, como que no habia entónces capital para las minas, ni sabiamos cuándo llegariamos á encontrar alguna refaccion. En cuanto á los hombres, éramos la flor y nata del Oeste, casi todos jóvenes, activos, sanos; muchos, bien educados: todos llenos de esperanzas y entusiasmo. En nuestras ilusiones durante el dia y en nuestros sueños en la noche, nos imaginábamos dueños de tesoros más espléndidos que aquellos que deslumbraban la vista de Aladino. Nos comparábamos á los Argonautas, al ejército de Alejandro al marchar á conquistar la Persia, ó á aquellos hombres de las Cruzadas. Nuestro entusiasmo estaba sostenido por nuestro número. El camino, en toda la extension que podia abarcar la vista desde las más altas montañas, era una línea de hombres y de carros: en la noche las fogatas parecian como las luces de una ciudad situada sobre una colina. Nuestras más brillantes esperanzas en nada disminuian, á medida que avanzábamos en nuestro viaje: no olvidábamos, ni dudábamos alcanzar la recompensa de las molestias y el cansancio que sufriamos diariamente. La extensa marcha de dos mil millas que casi todos haciamos á pié, porque no habia lugar en los carros; el paso á vado de frias y rápidas corrientes; los contínuos preparativos de defensa por las falsas alarmas de ataques de los indios; la fastidiosa guardia del ganado en la noche; las largas travesías por el desierto; el calor sofocante y más sofocante todavía el polvo de aquellos llanos alcalinos; la fatigosa subida á las montañas, que parecian tan escarpadas que ni sabiamos cómo podian traspasarlas nuestros bueyes, todo esto era sobrellevado por nosotros, si no alegremente, al ménos sin pesar de haberlo arrostrado. Yo puedo mencionar, pero no describir, la ansiedad que nos causó el que un tramo de desierto que creiamos de cuarenta millas, resultase mucho más largo, y que un hombre que encontramos nos asegurase que él habia penetrado más allá de aquel punto treinta millas y no habia hallado ni muestras de agua ni de pasto. Nuestros bueyes estaban rendidos y recorrer tal ditancia era impracticable. Nadie, que nosotros supiéramos, habia pasado jamás por aquel camino, ni teniamos guía alguno. Continuamos, sin embargo, y encontramos dos familias: llorando los hombres, las mujeres y los niños, sus bueyes muertos y ellos mismos sin esperanza de socorro; pero apresurando nuestra marcha, á la mañana siguiente, nosotros y aquellas desgraciadas familias acampábamos en un oasis, y se jugaba y se bailaba despues de tanto sufrimiento. Tampoco puedo describir la delicia con que desde la cumbre de la Sierra Nevada descubrimos el lejano Valle de Sacramento, entre los rayos de oro del sol poniente.
“Nosotros habiamos venido en busca del oro, y casi todos los que vinieron por tierra se dedicaron á las minas. Aunque no hicimos tanto como esperábamos, encontramos, sin embargo, los placeres admirablemente ricos. No era raro que un hombre solo sacase quinientos pesos en un dia, ó que dos ó tres trabajando juntos, dividiesen el polvo que habian juntado en la semana, midiéndolo en bandejas. Pero no estábamos satisfechos: otros habian ganado más: nosotros no habiamos ganado lo suficiente. Penetramos en los terrenos ocupados por indios de guerra, y encontramos placeres que podrian habernos hecho millonarios; pero en medio de nuestro negocio quedamos sin provisiones, teniendo que vivir por algunos dias con yerbas y bellotas sacadas de los agujeros de los árboles en que las habian puesto los pájaros picamaderos. Por algunos meses no dormimos bajo de techo ni vimos casa alguna, y lo peor de todo fué que nuestros placeres, que tan léjos y con tanto peligro fuimos á encontrar, nos dieron al fin un desengaño. No eran tan ricos como imaginábamos, la agua faltaba y no éramos suficientes en número para sostener una guardia en todos aquellos puntos contra los indios. Todas estas cosas las sufrí en mi persona, y mi experiencia quizá fué ménos llena de accidentes que la de la mayor parte de los trabajadores mineros. Los gastos, el tiempo empleado en viajar y emprender, y la privacion de las dulzuras y de las comodidades de la vida, hicieron pensar á muchos de nosotros en que era preferible ganar el oro por otros medios, que trabajando en los placeres. Abandonamos las minas. Nuestros brillantes sueños de hacernos millonarios lavando las tierras de la Sierra Nevada, se disiparon totalmente, y tampoco habiamos hecho gran fortuna en otra línea segun nuestra clase; y de aquellos que la habian logrado, no pocos volvieron á perderla. Sin embargo, cuando volvemos la vista veinte años atrás, no nos lamentamos de haber sido peones trabajadores. Pedimos á California que nos llenase á todos las bolsas de oro; y si bien no accedió á nuestra demanda, nos dió en cambio un hogar querido, un alegre y brillante cielo, un suelo fértil, un país delicioso, un clima propio para todo vigoroso desarrollo, la sociedad del pueblo más emprendedor é inteligente y un sitio adecuado para una gran ciudad y para la concentracion del comercio y la riqueza de la costa. Nos dió la mayor abundancia relativa de oro conocida en el mundo: presentó en unos cuantos años un progreso que en cualquiera otra parte hubiera requerido un siglo: nuestros negocios han tenido una actividad sin igual y nuestra vida ha sido una rápida série de fuertes sensaciones. Una gran riqueza nos ha rodeado á todos, sin haberla alcanzado; y si muchos de nosotros no hemos sabido el momento preciso de lograrla, hemos estado sin embargo por algunos años interesados en cazarla, y quizá la activa excitacion de la empresa nos ha proporcionado más placer que el que hubiéramos gozado en poseerla. Muchos de nosotros han vuelto á los Estados del Este con la intencion de hacer allí sus casas; pero ha fallado completamente su empresa. La vida allá era una rutina vulgar é insípida: una vez acostumbrados al movimiento de especulacion de California y á la cordialidad de esta sociedad, no podiamos vivir sin ella.