“Por algun tiempo no pudimos pensar ni hablar de esto en familia. Habiamos partido con la espectativa y la promesa de un pronto regreso. Cuando por primera vez vimos las oscuras montañas y los desnudos llanos de California en 1849, no nos ocurrió que jamás nos fuera preciso vivir allí. Nada habia aquí que excitase la ambicion mas que el oro. Nuestras madres, nuestras hermanas, nuestras esposas, todas nuestras prendas del alma, permanecian en los “Estados” y de año en año diferiamos volver á su lado. Ellas, privadas por las injustas y opresivas reglas sociales de una suerte semejante en el curso de la vida, esperaban que volviésemos á acompañarlas y asistirlas. El afecto de un millon de familias á través del mundo civilizado, estaba fijo sobre California por tales lazos. El pesar causado por estas separaciones y los disgustos que resultaban de muchas causas, eran demasiado grandes....”

Aquí inserta el autor una composicion poética escrita por Mr. Akers, expresion de las ideas y sentimientos que acaba de indicar y que prosigue explayando despues de esta insercion, y luego añade:

“La alza repentina de la produccion del oro hasta la cantidad de sesenta millones de pesos; la excitacion en Kern River, Fraser River, Washoe y White-Pine; el comité de vigilancia; los grandes incendios é inundaciones; el desarrollo de nuestra agricultura y horticultura sobresaliendo por su excelencia en algunos ramos; la introduccion del Panamá y de los estimbotes del rio; la construccion del ferrocarril de Panamá; el establecimiento del poni express, de la línea de diligencias, del telégrafo tras-continental y de la línea de vapores tras-Pacífico, y al último de todos la conclusion del ferrocarril del Pacífico, todo esto hace época en nuestra vida. En la conciencia y en la memoria de todos los trabajadores, por pequeña que sea para otros su importancia, la historia del “Estado” desde su llegada á él, es una parte importante de su historia personal. Difícilmente podian ver algunos de nosotros la prominente mojonera entre Shasta y San Bernardino, sin recordar que está asociada á algunos interesantes accidentes de su propia vida.”

“Despues de dar una idea de los atractivos de la vida en California y de enumerar las ventajas que progresivamente ha adquirido, concluye Mr. Hithell su prólogo citado, con una entusiasta apología de aquel país y de los trabajadores ó peoneers que lo poblaron despues del descubrimiento del oro, y compara á éstos ventajosamente con los conquistadores de México, llama á aquel suelo “la Italia del Nuevo Mundo,” y dice que los descendientes de los Godos, de los Vándalos y los Hunos que aniquilaron la civilizacion de Italia bajo su barbarie, y de los Germanos, los Francos y los Españoles, cuyos campos de batalla favoritos fueron por algunos siglos las llanuras de Lombardía y de Nápoles, vendrán, no á pelear con las armas con los californienses, sino á competir con ellos en las artes.”

Ufano al extremo quedé con las apuntaciones sobre el libro de M. Hithell, las comuniqué á Gomez del Palacio, mi consejero predilecto y mi maestro en mucho, y me dijo:

—Yo habia notado esa falta, y aquí tengo otras apuntadas; pero tú has emprendido la tarea de escribir sobre el lomo de un venado cuando va corriendo á todo escape. Mira este apuntito.

Y sacó una tira de papel de su cartera; leyéndola, me dijo:

—Te falta amplificar lo que escribiste sobre los carritos de la calle de Clay.... los que andan solos.... decir algo de Bancos.... ver el templo chino, porque tú no has visto más que un adoratorio cualquiera, y sobre todo, volver á visitar el cementerio.

—Hombre! ¿pues no me llevaste tú con la Sra. A***?

—Ni me lo recuerdes: te llevé con todos mis años.... y á la mejor te dormiste como.... no quiero recordar.... como es tu costumbre.