—Tienes mucha razon; ¡qué vergüenza! voy á enmendarme y á hacer lo que me dices.... venga acá la tirita de papel.

—La vas á perder.

—Hombre, no tengas cuidado.

Vamos para la calle de Clay y estudiemos los carritos.

Al pasar por la calle de Kearny, frente á las casas del Ayuntamiento ó City-Hall, encontré á un amigo á quién comuniqué mi intento de ir á ver cuidadosamente los carritos que andan solos.

El amigo me ofreció su compañía, porque yo no he visto en mi vida persona más entusiasta por los ferrocarriles urbanos.

—Ellos, me decia, aceleran los negocios, porque son calles que andan y van al encuentro de ellos, permiten al pobre comodidades, porque sin alejarse de los negocios, ponen á su alcance habitaciones cómodas y baratas, siendo esto un gran elemento para la salubridad; ellos son su abrigo en el invierno, su seguridad en la noche y su recreacion en los dias de descanso.

Ellos han trasformado en jardines los arenales, los lugares desiertos en paseos y plazas, y los antros de malhechores en quintas risueñas, de que se han apoderado las modestas fortunas. Vd. ve, me decia: el ferrocarril urbano es el carruaje comun, es el nivel por elevacion, que es lo que engrandece á los pueblos.

—Segun eso, repliqué yo, es decir, segun la acogida del público, debe tener cierta riqueza ese tráfico.