—Mi escasísimo repertorio acaba en Budda el inspirado; las creencias del Indostan de que habla tan elocuentemente Jacoliot, que sé que le es á vd. conocido: lo curioso de este dogma es lo referente á la trasmigracion; hay muchos cielos para estos creyentes chinos, y la friolera de 136 infiernos...
En San Francisco hay seis grandes templos de las diferentes sectas de que hemos dado idea.
Como dije al principio, la vista del templo que visitábamos, era de apariencia comun.
La entrada al templo, es una galera oscura y angosta; de distancia en distancia hay sobre una especie de altares, toscos nichos y en ellos unos ídolos, que verdaderamente faltan á la gente al respeto, de puro feos.
Los vestidos de esos ídolos son magníficos; sedas deslumbradoras de riqueza, bordados, afrenta del pincel, y ramajes, aves y flores, de embebecer de encanto y admiracion.
Al frente de alguno de los dioses, dentro de bombillas de cristal, habia pequeños, pero robustos cirios de cera, y al pié de su altar, braseros en donde á fuego lento se quemaban dia y noche granos de incienso y astillas de sándalo, que tienen no poco tiznados, ojos y narices de aquellas divinidades.
Contra las paredes se ven aquí y allá mesas con ramilletes semejantes á los de los altares de los pueblos de indios de nuestra tierra, y regados en las mismas mesas pedacitos de bambou, que es una especie de carrizo flexible, varitas, astillas y menudos fragmentos de papel, cuyo objeto no supieron explicarme.
Entre ese pintoresco basurero veíanse figurillas humanas y de animales, muy quitados de la pena: sin duda eran de la comitiva de los dioses ó de los héroes.... pero nadie me sacó de dudas.
En un marco de palo habia suspendida una gran campana y á su lado una tambora....
—¿Qué significan esos dos instrumentos de dulce música? dije á mi guía.