—La corbata parece que me ve chuela; la tengo delante de los ojos y no la miro, y cuando me fijo en ella, le quisiera decir una mala razon; de los botines siempre hallo uno: ¿andaré dormido en un pié? jamás veo los dos juntos, parecen matrimonio mal avenido.... el sombrero está de gresca siempre, ó se me aparece sobre un ropero ó bajo de una silla.... ó hecho una indignidad debajo de toda la ropa.

—¿Acabas, Fidel? me dijo Manuel, que es el jóven más entusiasta por todo lo americano, y más listo.

—A la órden, mis amigos.

En dos brincos ya estábamos en la tertulia.

Habia en el saloncito de la casa de Pepita, su grupo de políticos, diciendo por supuesto que los Estados-Unidos tienen en su seno mil elementos disolventes; que no se hace sensible el influjo del centro de los Estados lejanos, que el Sur, el Este y California, estaban llamados á formar una nueva entidad.

Allí exponia sus dudas un aleman frenton, de ojos azules, leviton hasta los tajones, y de pausado hablar, diciendo que unas veces creia en que aquel era el pueblo más justificado del mundo, y otras, el más corrompido de la tierra.

Citaba en apoyo de la severidad que encomiaba, la grave pena que se impone á los que en la calle dicen insolencias; aludió á la prision de una sirvienta, porque en un dia de baile se puso un trage de su ama, y otras anécdotas por el estilo, y traia á cuento asesinatos perdonados de la manera más cínica, y burlas á la justicia, en que no se respetaba ni la apariencia del rubor.

En otro grupo se jugaba ajedrez, con aquellos espectadores estáticos, aquellos contendientes ensimismados y aquella atencion sostenida como si algo se hiciese de provecho.

Y en un rinconcito con sofaes y poltronas amontonadas, habia chicos y chicas al amor del piano, alegres, burlones, ungiendo la palabra con el chiste ó la pasion.