—¿No sabes que á esos teatros subterráneos, cafés cantantes y salones de baile les llaman los infiernos? ¿No sabes que esos son los receptáculos de la gente más perdida, de la que hay en grande abundancia en esta tierra? ¿Ignoras que noche á noche en esos lugares hace grandes colectas la policía?

En efecto, á los dos ó tres dias de nuestro primer estudio en el teatro de las Circacianas, supimos que Dálila, Sanson y la comitiva de Filisteos y espectadores estaban en la cárcel, de donde nunca debieron haber salido segun sesudas opiniones.


La ciudad de California está construida al E. en línea oblícua á la Península, sembrada en su centro de colinas elevadas de tierra pobrísima y de arena; en las ondulaciones rebajadas y aplanadas desde 1846, y en las cuencas de los valles, la vegetacion se ha forzado y se ven algunos árboles tendiéndose en pequeños jardines, follajes pomposos de enredaderas de infinita variedad; á todos los vientos y por donde quiera que se alcanza una altura, se divisa la bahía, que siempre bella, siempre poblada de multitud de buques, ó sorprende nuestra vista con su febril tráfico, ó deja ver á lo léjos melancólica y poética la inmensidad del mar.

En el ángulo N. E. de la ciudad se halla el cerro del Telégrafo, á 294 piés de alto; en el ángulo S. E. el cerro Kincon, y al O. la Montaña Rusa, á 360 piés de altura.

La parte plana de ese terreno que da al mar y se halla en contacto con la bahía, es la de los grandes almacenes, la de los barqueros y pescadores; se asciende, y es el tráfico en toda su opulencia; se aleja de la bahía, y el terreno se deprime: son las estancias aisladas ó formando calles silenciosas, las grandes casas, los palacios de los banqueros y las mansiones de las familias de la clase media.

Porque es de saber que comerciantes, banqueros, letrados, y en general, los hombres todos de negocios, asisten á despachos ú oficinas al interior de la ciudad y residen en mansiones campestres, rodeándose de todo género de comodidades, que se llaman residencias.

Al caminar por el interior de la ciudad se asciende, se desciende ó se camina como hundido en una barranca, siempre presentando regularidad las casas. Pero en las bocacalles, esencialmente en las que se retiran de la bahía, las perspectivas son magníficas; son montañas de casas de campo, palacios y templos; son hondonadas con risueñas mansiones y parques opulentos, y son inmensos horizontes que forma el mar, ya desierto, ya cruzando sus olas una barca aventurera en pos de las posesiones rusas ó la China, ó aisladas barquillas de pescadores.

La ciudad puede llamarse naciente: por todas partes se ven señales de propiedades que están esperando el ecsurge de la arquitectura para saltar de entre la arena como Vénus de las ondas; grandes huecos como tanques que serán almacenes, salones y lugares de placer, y esqueletos descarnados como peines, como huacales inmensos, como ordenadas osamentas, cartílagos y fibras, que se envolverán en ricos tapices, se engalanarán con cuadros, espejos y candelabros y se revestirán de una capa de cantería ó granito hecho polvo, pero que á la vista y al tacto consuman la suplantacion del mármol y la cantera.