Alatorre habla inglés perfectamente; dió las gracias, brindamos asientos á aquellas criaturas que parecian salir del baño, tomamos una copa y llamó una campanilla á la escena á nuestras bellas visitadoras.
Por más que ninguno de nosotros tuviese una aureola de inocencia, la visita nos sorprendió altamente, por la excesiva economía en los trages de nuestras favorecedoras.
En medio de nuestra sorpresa, no habiamos notado que las hijas de Eva habian despabilado lagos de Champaña. La matrona austera llegó á cobrar una barbaridad por el obsequio que nos habia hecho (dos onzas de oro).
Continuó la funcion: á la entrada del proscenio habia unas sillas de palo y en ellas sentados negros y negras, falsificados con perfeccion; los unos tocaban el tambor, otro agitaba una pandereta con cascabeles, el otro tenia unos palillos pequeños entre los dedos, los que sacudiendo fuertemente la mano, castañetean, repican y forman una ruidera espantosa. Todos, cuando el caso llegaba, zapateaban de punta y talon, azotando la pata á trechos con ímpetu desaforado.
Estos negros son el alma de la funcion, que no sé por qué se llama de Ministrils; ellos dicen gracejadas obscenas, ellos se dan puñadas y se derriban de las sillas; pero con tan extravagantes contorsiones, con tan descompasados gritos, con puñetazos y patadas tan soeces, que nuestros payasos más desastrados se ruborizarian de semejantes émulos.
La escena suele representar un matrimonio mal avenido, con un nene de á dos varas, á quien vapulan, poniendo el reverso de su cuerpo en espectáculo, ó bien le dan papilla en un lavamanos y con una cuchara como una pala. Ya es un negro sirviente de un doctor que le usurpa sus funciones en sus ausencias, equivocando recetas y poniendo á la muerte á los clientes, quienes se vengan á porrazos; ya un chino camarista de su señora, que se ostenta más frio y estúpido, miéntras ella es más abandonada, y que sin la intervencion del telon, único representante de la decencia, yo no sé hasta dónde habria llevado sus libertades.
Pero esta farsa indigna es el regocijo de la canalla, silba desaforadamente, que es un modo peculiar de aplaudir, golpea las bancas, grita, aulla y hace que se repitan las escenas más repugnantes, exigiéndolo con frenesí.
Apénas terminó el acto, cuando oimos los pasos de las negritas; entónces cerramos el palco, atrancamos con sillas, pusimos verdaderas barricadas; ellas empujaban, de hacer retemblar el cancel, escalaron el tabique y sacaban sus negras caras y sus lanudos cabellos por encima de las tablas; nosotros permanecimos impasibles, atrayéndonos al fin no sé cuántas injurias.
No era posible resistir más; en la primera coyuntura, abandonamos el campo, no obstante la curiosidad de viajeros y á pesar de que el espectáculo suele prolongarse hasta la una ó dos de la mañana.
Cuando al siguiente dia impuse á Francisco Gomez del Palacio de mi primera aventura, reprochó altamente mi excursion.