Las palmadas, las lágrimas, los encargos á México de las muchachas, las recomendaciones de misas á la Virgen de Guadalupe, á la de la Soledad de Santa Cruz y á la Divina Infantita de las ancianas, y los pedidos de juguetes de los niños, terminaron la escena.
Díjele al cochero que me llevase á la calle de Franklin, casa opulenta de distinguida educacion.
En medio del jardin está la casa blanqueando, con su pórtico de ligeras columnas. Cerca el jardin un pulido barandal de fierro. Grandes y frondosos árboles se agrupan á la entrada y al rededor de la casa. Hay su fuente con pescados de colores y su kiosko para las lecturas solitarias.
La casa es, con poca diferencia, como las ya descritas; con la circunstancia que de un lado del pasadizo hay un extenso y elegante salon, y del otro, la asistencia y el comedor, divididos por el tabique corredizo que ya conocemos.
La familia es mexicana, la señora de la casa conserva culto profundo por México y acoge y mima con su amistad á personas mexicanas.
La niña, que es un encanto de virtud y hermosura, conserva el tipo de México, pero como desvaneciéndose entre nieblas alemanas y perdiéndose en la bruma del Niágara.
Lo más seductor en T*** es su inocencia, inocencia alegre, franca, ingénua: la gentil doncella, juega con las niñas, monta á caballo y maneja las riendas de su carretela, y no va á más; ni tira la pistola, ni tiene aspiraciones á invadir la educacion masculina.
La señora, repetimos, es mexicana; la niña rinde culto á los recuerdos de la mamá; pero nacida en California y educada en Alemania, sus relaciones son en mucha parte de americanos, ingleses, alemanes, siempre, por supuesto, imperando nuestra tierra en la casa.
Las tendencias y tradiciones que hemos apuntado, producen encuentros deliciosos: yo he visto en una rinconera el busto de Escobedo, mano á mano con Bismark; casi del brazo á Zaragoza con el baron de Humboldt, y departiendo en una consola á Juarez, nada ménos que con San Patricio, como si fueran los mejores amigos del mundo.
A mi llegada, un jóven Arrillaga, eminente artista, tocaba el piano; varias jóvenes, con sus delantales albeando, fabricaban bizcochos, y la señora iba y venia, teniendo sobre la mesa canastos, botiquines y un precioso neceser de viaje.