LIT. H. IRIARTE.

Calle de Montgomery.

A la calle de Green fuí conducido por mi amigo el veracruzano, una noche oscurísima. Llegamos á un punto en que estaba obstruido el paso; era una casa en obra: atravesamos por entre escombros y como en un subterráneo; yo llamaba á mi guía á cada momento, porque perdia el piso: me dijo “suba vd.” y comencé mi ascension por una escalerita de palo que casi flotaba como una cinta con nudos, que no tendrá una vara de ancho; dí vuelta, y entónces me embarraba á la pared por una verdadera cornisa con su barandal, todo trémulo y amenazante. Saliónos al paso una puertecita pequeña. Estábamos á grande altura, causaba pavor la consideracion de los muchos escalones que habiamos subido.

Abrióse la puertecita y nos hallamos en el sacramental pasadizo americano, con sus guarda-sombreros, como es de rigor.

Podria caber la casita en la palma de la mano; pero qué limpieza! qué elegancia! qué exquisitos adornos! siendo para mí el de más precio las banderas nacionales y los retratos de Juarez, Zaragoza y Ocampo.

Esa es la casita de las Sritas. Gutierrez, entre quienes se mantiene dudoso el sólido mérito, sin decidirse por la hermosura, por las gracias ó las virtudes.

Saben encargarse de nuestra felicidad miéntras estamos bajo su techo, olvidamos nuestras penas y va nuestra admiracion de sorpresa en sorpresa, enorgulleciéndonos de lo que vale la mujer mexicana.

Una de las señoritas me enseñó sus versos, llena de timidez y de bondad.