Antes de llegar el tren á la estacion, repica á vuelo su sonora campana; el mugir de la locomotora se hace vibrante y agudísimo, jadea la máquina, el sonar de las ruedas parece remedar la carrera contenida del monstruo.

A ese espectáculo corren en bandadas los vendedores y asaltan el tren con periódicos, tarjetas y vendimias á millares; suena á la vez el gongo ó la campana del restaurant; la voz del conductor anuncia que hay diez ó veinte minutos de descanso: entónces, como una catarata, descienden los pasajeros y corren á las mesas del restaurant, esto es, los pasajeros acomodados: los de escasa fortuna, vuelan á la cantina ó restaurant de puro mostrador.

Luego que han entrado los viajeros al restaurant decente, se cierran las puertas, quedando una salida única, donde se paga cuota fija, cómase lo que se comiere, ó no se coma nada.

El arrastrar de sillas, el sonar de platos y cubiertos, los gritos y el afan de engullir lo mejor y más pronto, preocupa la voracidad de esta raza humana, que en ciertos momentos se las puede disputar á los buitres y á los lobos.

En cuanto á las comidas, plan americano neto: maíces, papas, huevos, trozos de carne como para jaula de fieras, melaza, cakes, jamon, polvos y salsa de lumbre y aguarrás.

Aunque á veces el tiempo concedido de diez á veinte minutos sea el necesario para sorber unos tragos de café y devorar un trozo de carne, la preocupacion de la marcha es tal, que las mismas horas parecerian instantes.

Se come ladeado, con la vista fija en la puerta, con el oido atento al más leve ruido.

Hay quien diga que esa situacion la explotan maravillosamente los dueños de las fondas: de uno se contaba que hacia servir la sopa de tal manera caliente, que entre un sorbo y un soplido y cien maldiciones, por la tostada del esófago, se iba el tiempo sin que casi probaran bocado los transeuntes: hacia así su negocio, porque el resto de la comida quedaba intacto; pero despues notó que en las bolsas se sacaban muchos la carne y las papas, etc., que el café y el caldo lo enfriaban con trozos de hielo, y celebró una especie de transaccion.

Como tengo dicho, desde el anuncio del tren se agolpa la gente á la estacion: nosotros estábamos en Lanhtroop. El ferrocarril tiene allí ramales para Yo-semite, por Visalia y San Joaquin.

Partió por fin el tren por entre campos cultivados y caminos que parecian escaparse de debajo de nuestros wagones, llenos de movimiento.