Cuando la fiebre del oro (1848), es decir, despues que la noticia de su prodigioso descubrimiento se propagó como el relámpago, produciendo ese delirio universal, esa rabia provocada por la sed de improvisar opulentas fortunas, el desquiciamento social fué completo; apareció activa y omnipotente la idea de que el oro es la riqueza por excelencia y se desencadenaron en breve tiempo y en un corto espacio, los tremendos resultados de ese absurdo.

Abandonaban los padres de familia sus hogares, sin cuidarse de sus hijos, los labradores huian de los campos, los soldados desertaban de sus cuarteles, los marinos saltaban á tierra, quedando las embarcaciones á merced de los vientos, y todos acudian en tropel, hostilizándose, abriéndose paso con los puños ó con las armas, á los campos de Sacramento, en donde manaba entre las aguas, en partículas de rayos de sol, ese metal con que creian forjar la llave para abrir de par en par las puertas de la felicidad.

En aquel sentimiento comun de enriquecerse, se confundian los sexos, las edades, las religiones, las nacionalidades; se forjaban instantáneas alianzas, repulsiones tremendas, colisiones y complicidades de los hombres de todas las regiones del globo.

Entre tanto estrépito, entre tan inaudito tumulto, las leyes inmutables de la economía enarbolaban su cetro de bronce, haciendo sucumbir y plegando todos los ensueños y todas las aspiraciones, á la necesidad. Cobraron valor fabuloso los artículos de preciso consumo; se daban puñados de oro por los comestibles, por los abrigos, por los zapatos y por los instrumentos de trabajo.

Me ha dicho el general Vallejo que un zarape del Saltillo se vendió por valor de catorce mil pesos, libra de abalorio por libra de oro, un espejillo ordinario de pacotilla por diez pesos, por más de veinticinco, unas pinzas.

—Yo he visto, me decia mi amigo Escalante, el encuentro de un negro y un buscador de oro.

El segundo traia un mal fieltro escondido casi bajo del arca derecha, lleno de onzas de oro. El primero llevaba en la mano una botella de wiskey.

—¿Cuánto quieres por esa botella?

—No la vendo, es muy cara.

—¿Cuánto quieres?