—Lo que pueda tomar con esta mano, de su sombrero.

—Trato hecho.

El negro metió su manaza en el sombrero y la retiró llena de oro.

El buscador se fué muy contento con su botella, y los dos vieron el trato como la cosa más natural del mundo.

Ningun barbero hacia la barba por ménos de una onza de oro.

Cuando una camisa se ensuciaba, no habia más que tirarla, porque tenia mayor costo la lavandera que el de una camisa nueva.

Un intérprete exigia cantidades enormes por poner en inteligencia dos personas prontas á devorarse por no entenderse; el pintor, el carrero, la servidumbre, se solicitaba en vano muchas veces con el oro en las manos.

La violencia y el crímen despues, llegaron á imperar despóticamente: el que atesoraba tenia en espectativa y como que soñaba en las delicias de Paris y de Italia; pero le acompañaba su revólver, en la mesa, en el lecho y en todas partes, como si temiera encontrarse momento á momento con la muerte.

Al potentado se dirigian envidiosas miradas; el asesinato, el envenenamiento, la traicion y el robo le seguian como su sombra.