Inmensas llanuras divididas por fértiles sementeras; las corrientes conduciendo y trasportando pueblos; las trojes henchidas brindando goces al hombre y creces al comercio, y la preponderancia del trabajo presentándose, desde la iniciativa de la colonia con el aventurero con su hacha al hombro, seguido de su familia llena de harapos, hasta el opulento propietario que trasporta el lujo de las grandes ciudades y hace que le rinda homenaje en la tierra, que él, el primero, arrancó á la barbarie, desembarazándola de malezas y ahuyentando con su rifle á los animales feroces.

Al ruido cercano de la locomotora; al traqueteo de fierro de su galopar afanoso; á la vista de las embarcaciones del rio; bajo los hermosos árboles de la quinta opulenta, refieren los ancianos las luchas con los Pieles Rojas, las torturas á que sujetaban al blanco ántes de inmolarlo, y esas escenas de horror y de sangre de los primitivos tiempos del Oeste.

Por lo demás, la historia aun no desplega sus labios de una manera clara y distinta, sobre esos restos de murallas, esos esqueletos de ciudades perdidas en los tiempos, esos resíduos de grandes poblaciones que se encuentran en el Ohio, Illinois, la Indiana, Kentuky, Michigan y la Luisiana.

Tocábamos, en estas pláticas, en la estacion de San Luis.

Aunque allí habia carruajes, un senador que se hizo muy nuestro amigo en el viaje, nos dijo que el Hotel del Sur, que era el mejor, estaba muy cerca y que podriamos ir á pié.

La noche era oscurísima, el alumbrado parecia encomendado á un ayuntamiento de los de por acá, caminábamos en medio de una oscuridad completa, rompiendo la nieve con nuestro calzado.

El senador, nuestro guía, es robusto como atleta y ligero como un venado; tomó del brazo al Sr. Iglesias, y eso fué correr: yo me resbalaba, me hundia, me tropezaba con mi propio aliento, y hubiera sucumbido sin el auxilio de Lorenzo, que casi me llevaba en peso.

Por aquí torcemos, por allá nos descrismamos; de repente nos detenemos porque un amigo se habia dejado un botin en un atascadero y porfiaba por encender un fósforo para buscarlo.

Así corrimos más de una milla, empapándonos, tropezando á cada paso, y oyendo, con la bílis derramada, la charla del senador, que estaba, con nuestras inquietudes, nuestras resbaladas y equilibrios, como una pascua.