Miéntras disertaban muy sérios los señores formales en la sobremesa de la fonda, otros amigos, en un santiamen, habian contraido relaciones y las calentaban con sabrosos ponches en el restaurant frances, comunicado con el hotel.

Contaba uno lo familiar que es aquí á los americanos el idioma de Racine, y apoyaba su aserto en varias anécdotas.

En una botica, por cierto muy próxima, cuyo propietario es cubano, charlaba un compatriota de la brusquedad de los yankees y de la antipatía de las razas.

Un yankee se presentó pidiendo una bebida: el imprudente cubano seguia su charla, y por vía de paréntesis, dijo al boticario; “Oh! si estos son unos béstias.... póngale vd. á ese unas gotitas de estrignina en ese brebaje, á ver si revienta.” Eso lo decia en broma, por supuesto.

El yankee no se dió por entendido de la conversacion.

Confeccionáronle su bebida, tomóla el yankee, pagó, y al salir, con mucha amabilidad dijo al cubano en correcto español:

—Dígame vd., caballero: ¿cuál es la causa de que desee vd. que yo reviente?

El cubano quedó estático, respondiendo confuso y aturdido:

—Yo he dicho al señor “revente,” es decir, que vuelva á venir conmigo, para que demos un paseo....

El yankee se retiró riendo á carcajadas.