La conversacion continuó animada, hasta que nos retiramos á nuestros cuartos, deseosos de aprovechar el siguiente dia para dar un paseo por San Luis.
Yo dormí mal, porqué me tocó un alojamiento en el quinto cielo, y la preocupacion de los incendios se apodera de tal modo de la imaginacion, que constituye un verdadero tormento: presentir convertido el local que nos abriga en inmensa hoguera; verse rodeado de abismos; escuchar el desplome de los techos; oir los alaridos de las víctimas.... todo eso me espantaba, considerándome como condenado á muerte.
Un francecillo muy simpático, llamado Arture, que me habia conocido en México, estaba en mi cuarto á las auroras de Dios, invitándome á pasear.
Arture es el hombre de sociedad por excelencia; sabe un poco de todo y se amolda á todas las situaciones y á todos los caractéres; tira la pistola, canta, diserta sobre ciencias y artes con buen sentido, conoce á las notabilidades de Europa y América; galante con las damas, audaz con aventureros, marinos y soldados, circunspecto con hombres de respeto, y alegre, servicial y campechano con todo el mundo. Era otro Mr. Gland en tafilete frances.
—Ha venido vd. al mejor hotel, me decia, y esto que en la ciudad los hay magníficos.
Lindell-Hotel, sin ir más léjos, compite con este; tiene seis pisos, es de piedra arenisco, costó 800,000 pesos. Está aquí cerca, en la avenida de Washington.
Plander’s-Hotel, Hotel-Barnim-Lacled, y hasta el Gran-Central, que cuesta un peso diario, son establecimientos que no desdeñarian las mejores capitales de Europa.
—Plan americano por supuesto, observé yo aludiendo á las comidas.
—Hay de todo: ya ha visto vd. anoche una excelente fonda francesa.