Pero no anticipemos los sucesos........
Las apuntaciones anteriores las hice en verdadera tortura, porque han de estar vdes. que un amigo de San Luis me proporcionó un chiquitin, como un monito, para que me acompañase. Este diminuto cicerone á quien llamaban Petit-Courrier era un rehilete, y para mí, un verdadero tabardillo: no me dejaba quieto un instante, á cada movimiento me decia: “¿se ofrece algo?” Veia yo para una tabaquería, él me decia al momento: “¿qué usa vd.? ¿trabucos?”—Hombre, si soy un pollo.—¿Damas?—No me ve vd. viejo?—¿Coraceros?—Esos los usan conmigo cuando me ponen preso. Volteaba como examinando una cantina:—Tomamos lague? ¿coptail? ¿unos amargos? ¿menta? Y aquel demonio no me dejaba un instante, haciendo diez mil caravanas en un ladrillo.
—Hermosa mujer! clamaba yo.... ¿Eh? je!.... repetia el chiquitin.... ese es el lado flaco de todos.... iremos á una visita.... se habla español.... buen Champaña; hay una andaluza que canta el torito de la castainuela....—¡Hombre, si estamos con el pié en el estribo! yo quisiera.... un libro cualquiera......
—¡Oh, la bella literatura! para eso, la francesa, centro del mundo.... ¿Vd. conoce algo de Feuillet? ¿de Droz?.... Oh, quell filosofie!.... Y con semejante chicharra pegada á la oreja, he escrito esos números, que parece que cada uno de ellos me picaba los dedos con un alfiler.
Las diez de la noche fué la hora designada para nuestra marcha á Orleans.
Soplaba un viento cortante y destemplado; á la estacion marchábamos hundiéndonos en el lodo y rompiendo fragmentos de hielo: un policía, alto como torre, fornido como un Sanson, y del que cada bota podria servir de funda á un pilar de Catedral, arrojaba al vuelo tercios y baúles al carro de los equipajes; nosotros nos acomodamos lo mejor que pudimos en el wagon, y partió el tren.
En los momentos en que partiamos para Orleans, estaba la cuestion política en su mayor efervescencia; demócratas y republicanos se tiraban con las gamarras á la cara, y no fijaba uno los ojos por parte alguna, por donde no viera saltar un politicastro vivaz y escurridizo como una rata.
Los programas que circulaban, corrian parejas con sus avisos para curar toda clase de enfermedades, con la sola diferencia que la competencia era en cinismo en cuanto á abalanzarse rabiosos á los destinos públicos.
No puede ser de otra manera: los partidos beligerantes son como empresas mercantiles, con sus ramificaciones perfectas hasta las últimas aldeas; ahí está la intriga, la corrupcion; ahí se apuran hasta los últimos términos la influencia y el soborno; pero esto afecta poco el modo de ser social, que sigue el rumbo de los grandes intereses de aquella sociedad.
Hablando de tarifas de aduanas, decia la plat form (programa) de los demócratas: