Acababa mis apuntaciones con mi jóven amigo el Sr. Zartuche, le abrazaba, me escribia en un papel algunas palabras afectuosas para su hermano Andrés, que reside en México, cuando tocó la puerta Francisco, que venia á decirme que iba á sonar la hora de partir.
Estábamos á 144 millas de Orleans, é íbamos á ver el Golfo de México, algo de México, por Dios, que yo estaba sudando wiskey hacia tres dias, y á recorrer el camino de fierro más sorprendente de los Estados-Unidos.
Como suena la palabra, es un camino construido sobre un pantano lleno de resumideros y hundiciones; vamos, era como un esfuerzo de patinar sobre una tortilla de huevos.
Lo diré francamente: yo no estoy organizado para ninguna clase de maromas; pero mucho ménos para estas; no las soporto, no hay una cosa que más me encocore, que esos fanfarrones del mar, que dicen que á ellos se les marean los dientes cuando se anuncia una tormenta, ó esos soldaditos de tres al cuarto que se jactan de dormir en el suelo y beberse una botella de aguarrás, porque son hombres.
El camino es un equilibrio perpétuo; se ven los delgados troncos de los pinos como balaustradas y crujías en que salta y se juega la luz, se extienden en soberbios cortinajes enredaderas que flotan rotas por los vientos; y por los claros de aquella crujía de los árboles tupidos, se ven casitas blancas, vegas risueñas en que juegan los niños, ó que atraviesan los carros tirados por caballos, y grupos de hombres blancos y negros, dedicados á unas mismas labores.
Hay en el trayecto muchas estaciones de nombres franceses: Rigollets, Cheft, Menteur, Michaud, Gentilly, y nombres indios como Pascagoula y Biloxi: esta última estacion está habitada por gascones á quienes se conoce al vuelo.
Vayan vdes. á ver una puerilidad singular: aquel coqueteo de las selvas con el Golfo de México, visto por interrupciones como envuelto en un manto de púrpura y oro, me tenia realmente regocijado; pero con un verdadero fandango en las entrañas, me saludaban los árboles, me decian chicoleos las aves, me parecia que tenia el cielo sombrero ancho y que la estrella de la tarde se habia terciado un rebozo para hacerme una muequilla, como cualquiera maldita de estas de los barrios de México.
La tarde caia como para restituirme á la realidad: la sombra descendia lentamente como un párpado que priva al ojo eternamente de la luz.
No cantaban las aves, el viento parece que llegaba fatigado y recogia sus alas sobre las ramas de los árboles.
Hondo silencio reinaba en el interior de nuestro coche; yo, en la plataforma, veia sin ver, me mantenia sin conciencia de la vida, en esa disposicion del espíritu, entre el ensueño y el éxtasis: mi alma no estaba en mí, se paseaba libre en esos espacios que nos deja el olvido.