Repentinamente me pareció que atravesábamos por dentro un mar de llamas; era, en efecto, el resplandor vivísimo de un incendio reverberando en las aguas.

Incendiaban aquellos, como nuestros labradores, el pasto seco; pero la llama caprichosa, ya se recogia como encharcándose entre los árboles, ya se extendia en agitados lagos en los claros sin árboles, ya trepaba á lo más alto de una colina, convirtiéndola en edificio maravilloso y fantástico, y ya, descendiendo en corrientes, perfilaba los bordes de las aguas y culebreaba en direcciones distintas.

LIT. H. IRIARTE MEXICO.

Calle del Canal.
N. Orleans

Las aguas realzaban y embellecian el espectáculo, corriendo en el filo de las bases de la colina iluminadas por las llamas; presentaban como suspendidas en un éter de oro, colinas y arboledas, destacándose en las sombras, que eran ya espesas, pero que dejaban percibir las figuras monstruosas de las nieves: el espectáculo era al extremo fantástico.

De pronto, el tren se encarriló como entre dos cercas de madera; se escuchó un ruido extraño.... yo saqué espantado la cabeza, y ví como suspendido el inmenso tren sobre las olas hirvientes del Océano, pero á gran altura.

El cimbramiento era horrible, parece que el monstruo de fierro que nos conducia temblaba ante la empresa temeraria de atravesar el puente.

Lancaster, que en situaciones semejantes es impasible, estaba con su libro en la mano, titulado: Los Estados-Unidos y el Canadá, de Molinari: leia con una de las lamparillas del wagon (leyendo): “¿Cómo pasaremos?—En Europa este seria gravísimo negocio. En América la cosa es muy sencilla: se han cortado de las cercanías los pinos más largos y más gruesos, y de dos en dos se han metido y afirmado en las aguas como pilares. En seguida se les ha asegurado con trozos trasversales, sobre los que se han colocado los rieles, y adelante! ¡go ahead! Si uno de estos pilares sepultados sesenta ú ochenta piés de profundidad, cede al peso del convoy, entónces, tomaremos algunos tragos de agua salada.”