Aunque tal es el texto de Molinari al hablar del paso en que nos hallábamos, confieso que no me hizo ninguna gracia la muy adecuada cita de mi querido Alfonso.

El tren se detuvo sobre aquel precipicio, y entónces más bien adivinamos que distinguimos el Golfo de México.

Sea por la disposicion de mi alma, sea por lo inesperado de aquella especie de revelacion, me impresionó profundamente.

Unas veces, como vulgarizándose mi espíritu, queria llamar á mi patria con los nombres de la hija, de la madre, de la querida; otras, no me la podia figurar sin personalidad, con sus ojos, con sus labios trémulos, con su seno palpitante y con su negra cabellera tendida sobre su espalda: era su aparicion en mí, dentro de mi alma, rejuveneciéndola, iluminándola, empapándola en ternura infinita.

Ponia atento el oido, porque creia reconocer en los ecos de las olas, articulaciones de voces amigas.

A veces se me figuraba que de detrás de la curva de las olas, aparecian las cúpulas de las torres de nuestra Catedral, y los templos, las copas encanecidas de los ahuehuetes de Chapultepec y estas serranías que viven, que sienten, que descienden en tropel á las llanuras, como moviéndose, que se aislan como pensativas.

A veces se me figuraba que se hundia el puente, que unos momentos nos envolvian las ondas rugientes, produciéndonos congojas mortales, y que seguia despues el tren corriendo por el poético camino de Maltrata, con sus selvas gigantes, sus hondonadas risueñas, sus quiebras romancescas, bajo un cielo delicioso y envuelto en auras empapadas en aromas.

Despues se desvanecia la ilusion, las olas sin fin del Océano corrian, empujadas por el viento, y venian á morir saltando bajo nuestros piés, donde temblaban melancólicas las luces de las linternas del tren y de los faroles del puente.