No me fué posible percibir el lago de Ponchartrain, porque ya era de noche.
Los aprestos de los viajeros, la llegada de los agentes de ómnibus y hoteles y la vista confusa de sembrados y chozas, nos advirtieron nuestra próxima llegada á Orleans.
En la extendida llanura se veian, ya distantes las luces de las cabañas de los labradores, ya más cercanos los claros de luz de llama de algunas casas, ya entre ramajes y cañas, picos de gas que reverberaban como luceros.
Los gritos de los sirvientes del ferrocarril comenzaron á escucharse, los alaridos de la locomotora fueron más repetidos, y la campana triunfal del tren, sonando á vuelo, anunció nuestra llegada á Orleans.
Antes de arribar á la estacion, que es bien pobre y desmantelada, se habia deliberado concienzudamente sobre dónde deberiamos parar, y nos habiamos fijado en el Hotel Metropolitano; pero no habia allí cuartos y tuvimos que acomodarnos en el City Hotel, uno de los más americanos y favorecidos de la ciudad: Corner Camp and Common Streets.
En efecto, la afluencia de pasajeros es mucha, y el tragin insoportable.
Llovia á cántaros: llegamos sacudiéndonos y buscando en el primer piso en que está el despacho, el salon de recepcion, y en el comedor algun refrigerio; allí amontonaban unos desesperados dependientes baúles y almofrejes, con la tosquedad peculiar á los criados y carreteros.
Corrimos al despacho, donde nos tocó un servidor áspero como almohaza y con ménos palabras que un poste; nos arrojó á la cara nuestras llaves y subimos escaleras que fué un contento.
Estas escaleras eran muchas; por todas partes conducian á callejones, vericuetos, pasillos y escondrijos.
Soliamos topar á nuestro paso negros desastrados y verdaderas arpías de peineta, delantal, brazos apergaminados y amarillos, y unos zapatazos capaces de contener á Vicente Manero, cómodamente sentado dentro de uno de ellos, y es de advertir que Manero es el hombre más gordo de México.