A mis compañeros les dieron habitaciones más ó ménos cómodas. Yo salí de inclinacion á una irlandesa, con más años que el andar en dos piés los llamados racionales, y un malditísimo génio que parecia educada por portero de ministerio ó por guerrillero hecho general; esta animala quiso encaramarme á un último piso, en que materialmente escuchaba los estornudos de los habitantes de la luna.

Como quien quiere y no quiere la cosa, me informé acerca del importante ramo de comidas, y supe, con amargo desconsuelo, que se observaba el plan americano con inquebrantable rigidez.

Tal anuncio me hizo volver á mi undécimo cielo, turbado y descolorido.

Habia lugar en mi cuarto para todo, absolutamente para todo, ménos para el huésped; ese quedaba suprimido ó se suponia de enrollar para meterlo en el ropero ó dejarlo en el barrote de una puerta, ó declararlo en cama luego que entrase.

Alcalde, que llegó dias despues á mi vecindad, tenia que escalar su baúl para llegar á su lecho.

Tendido en un colchon que tenia perfecta semejanza con un globo al desinflarse, me quedé dormido.

FIN DEL TOMO PRIMERO


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