Atraviesan sin cesar las calles carros y carretas de todas formas y dimensiones, desde el vogue con sus dos colosales botes de hoja de lata del vendedor de leche, hasta carretones que llevan montones de tercios y de baules. El pan, la verdura, la carne, la cerveza, la soda, todo se conduce en carros y se proclama en todos los tonos, con insistencia grande, aunque en acento desgarbado y monótono.
El negociante atraviesa en su quitrincillo tirado por un caballo y sube y baja haciendo su negocio; trepa el ómnibus las cuestas afanoso, llevando de trasporte familias enteras; wagones innumerables se cruzan rápidos con un tumulto de viajeros á su retaguardia, y en landós soberbios y carretelas abiertas van las damas, recostadas entre pieles negligentemente y dando al aire los velos blancos que revuelan sobre las flores de sus primorosos gorritos.
Negrean las calles de los bancos con caballeros uniformemente vestidos de negro, y como para una gran festividad, con sus sobretodos al brazo como si estuvieran á la entrada de la ópera, culebrean y se agolpan los chinos vestidos de azul, con los brazos abiertos en actitud de vuelo, azotando las trenzas su espalda, dejando ver sus medias blanquísimas como nieve y sus zapatos ó babuchas de chalupa, con los que andan muy desembarazados, y entre ese gentío se abre paso con su sombrilla la lady vestida, con deslumbradora elegancia, de pieles, terciopelos y sedas, reverberando de soguillas y pedrería, ágil, risueña, quemando, desesperando á los inexpertos hijos de Adam.
Se deslizan y caracolean en todas direcciones vendedores de diferentes artículos, que excitan ambulantes el apetito, y atacan insolentes los bolsillos.
Cajoncitos con ramos de flores: cacahuates y naranjas en carritos de mano; cortaplumas, botones y corbatas, limonadas y refrigerios, en cajones sobre tripiés.
El sentimiento de igualdad se lleva tan al cabo aquí, que hasta las que yo habia tenido como naturales categorías de las mercancías, desaparecen. Entre una joyería y una tienda de modas, invadiendo la banqueta, esperan marchante las frutas, el apio, los botes de conserva, el jabon y los zapatos. Interrumpen las hileras de tápalos, casimires y sombrillas, sendos cuartos de carnero ó de res pendientes de sus clavijeros y tirando del schal ó la mantilla á los transeuntes. Una iglesia deja escuchar sus himnos gravedosos al lado de un establo en que se forcejea con la curacion de un cuadrúpedo. Junto al portátil despacho de aguas minerales, están los periódicos en todos los idiomas, con sendos rubros de sus novedades, y lado á lado de la juguetería de los niños, hay figuras anatómicas anunciando á un cirujano ó á un dentista.
La botica constituye un ramo de comercio sui generis: hay con profusion cajitas de píldoras, botes y botellas que todo lo sanan, que prolongan la vida, que reconquistan la fuerza y la hermosura; pero en la botica se expenden toallas, corbatas, perfumes, protectores para el pecho, ojos de vidrio, bragueros en número estupendo y no sé cuántas cosas más.
Es de rigor que las boticas ostenten suma elegancia y que sus gigantescos botellones con aguas de colores sirvan de guía en las noches, como faros á distancias inmensas. Los aparatos de mármol para las aguas minerales heladas, suelen valer dos y tres mil pesos. En México hay uno de estos en la botica de la calle de Tacuba.
En este país inquieto, voluntarioso y movedizo, los remates tienen importancia especial. La gente, al trasladarse á otro punto, todo lo abandona, cambia de localidad como la víbora de piel, sin retener ni reservar nada; parece que desea abandonar hasta sus recuerdos; pero eso sí, sacando partido.
Por todas las calles hay remates.