Díjome el boticario, que hablaba francés con bastante soltura, mostrándome otro retrato: este es Chin-noung, inventor de la medicina, y éste, Hoaug-ti, que escribió sobre ella libros admirables.

Por último, enseñándome con sumo respeto otro muñeco, me dijo: conozca vd. al gran Yu, uno de nuestros reyes más sabios.

El altar, no sé por qué, me recordó á nuestras ofrendas de dia de muertos.

Habia en el altar dulces, panecillos, toronjas de tamaño colosal: entre los dulces y las frutas habia tres candeleros con sus velas de cera, teniendo por pábilo astillas de sándalo. Todo esto se veia al través del humo del incienso, que se quemaba en un braserillo colocado frente al altar.

Esta excursion la hice acompañado de la estimable familia Cima, distinguida más que por su posicion, que es brillante, por su finura y excelentes cualidades.

El boticario nos brindó con unas pipas de hechura particular; constan de dos cajoncitos de metal y un pico levantado por donde se fuma. En uno de los cajoncitos se pone tabaco, en el otro agua hirviendo. Nosotros rehusamos el obsequio, pero dicen que es muy agradable.

El farmacéutico, que parece hombre de instruccion poco comun, invitó á las damas para que hablasen con su señora y sus hijas; pero mostró gran reserva con los hombres, porque los extraños no ven jamás á las chinas de categoría.

En otra vez hablaré de la poblacion china de California, y su significacion en las cuestiones económicas y sociales.