—¡Cállate! ¡cállate!

Despertóse á varios la impaciencia de que yo hiciese versos sin cesar: en medio de aquel barullo, yo comencé el que sigue, apuntándolo con un lápiz sobre la rodilla y arrebatándomelo de las manos sin concluir para darle lectura, porque lo que importaba era dar pábulo á la comun alegría, y allá va:

Más vino á mí: que mi razon se finja
El ruido atronador de los festines:
Que mujeres de faz de querubines
Me den sonriendo el tósigo á beber.

Que produzcan los ecos del contento,
Ráfagas de huracan, notas extrañas:
Bebed! bebed, que se arden mis entrañas
Y tiene el labio inextinguible sed.

——

Bebed! bebed; pero á la vez ansiosos,
Vosotros ilusiones, yo el olvido,
Bebed, para que apague mi gemido,
El ruidoso tumulto del gozar.

Y en esas olas en que envuelve el íris
Entre el oro del ópalo, la llama,
No mireis que furtivo se derrama
Con llanto acerbo de mi pena el mar.

——

¿Dónde estoy? Esas calles, esos ecos,
Esas bellas.... sus gracias y su lloro,
No son tuyos ¡oh patria á quien adoro!
Nada me dicen, para mi alma á mí.

¿Dó están las hadas que en mis negros sueños
Fúlgidas pasan, mis dolores viendo,
Y á mí sus brazos, con amor tendiendo,
Porque tal vez por siempre las perdí?