Al rincon en que estaban llegó una arpa, y en pos de ella una guitarra, con cuyos instrumentos hicieron conocimiento los recien llegados.

A poco se oyó el cuchicheo de la arpa y el primer carcajeo de la guitarra: M. Newman estaba en medio de la pieza radiante de alegría.

Aquellos eran eminentes artistas; sus instrumentos expresaron el requiebro y la zandunga, y el clamoreo sentimental, y el suspirar apasionado por la patria ausente.

Apareció el Champaña desbordándose, como tendiéndonos los brazos, escoltado por M. Newman, los Gaxiolas, Pepe Shleidem, Andrade y no sé cuántos más.

Nos rodeamos á una mesilla que estaba en el centro de la sala, donde se colocó el Champaña, y un caballero nombrado por todos los socios del Club, nos dió la bienvenida en los términos más elocuentes y sentidos.

Habló el Sr. Iglesias con la correccion y elegancia con que sabe hacerlo, hablaron Gomez del Palacio y Velasco, y yo dije cuatro atrocidades de piés cortos, que se publicaron en los periódicos.

Estaba en su colmo el contento: Labiaga queria torrentes de Champaña hasta para los que paseaban en la calle.

Nuestros amigos Salvatierra y Ferrer, que eran los artistas de arpa y guitarra, nos convertian en armoniosos y divinos los recuerdos de México; Benitez con sus modales finísimos se aislaba con unos amigos, formaban grupos, enlazados de los brazos, americanos, mexicanos y españoles, y Carrascosa me llamaba aparte para echar un trago entre carcajadas y palabras extra-diccionario, por nuestras memorias juveniles, como Cleto y Venancio en la Gallina Ciega.

—¿Te acuerdas de aquellas costurerillas de que éramos los Tenorios?