En efecto, era una pierna de palo la que se regocijaba, con total independencia de su humanidad.
El Bohemian Club hizo al Sr. Iglesias la acogida á que es acreedor por su sabiduría y finura, distinguiéndose entre otras personas el Sr. Lohse, amigo entusiasta de México, que es uno de los ornamentos más preciados del Club de los Bohemios.
Pero lo que ha dejado en mi alma más vivos recuerdos, es nuestra visita al Club Hispano-Americano.
Es una preciosa estancia compuesta de cuatro salones y dos pasadizos, en uno de los cuales está como en modesto retiro una muy bien surtida cantina.
En el centro está el salon de tertulia.
A un lado se extiende la sala de billares, y al opuesto uno en que se suelen ajustar juegos de cartas, y el contiguo que funge de gabinete de lectura.
Españoles, hijos de las Américas hermanas y mexicanos, formaban la animada reunion.
Un jóven español, cuyo nombre, si mal no recuerdo, es Arrillaga, y un aleman, ambos eminentes profesores, hacian cantar divinidades al piano que adornaba la sala.
En la aurora del entusiasmo, llegaron dos caballeros vestidos de negro, que parecian retraidos.