—Hombre, dí que aquí todas las mujeres son divinas y amigables: las ves, y te ven más; sonríes, y ellas se desmorecen; les tiras un beso.... y mete la mano en el bolsillo, porque te enganchan á su brazo y te meten á tomar ostiones, que tú pagas por supuesto, y te despabilan los pesos con una habilidad extraordinaria.

—Ahora me perteneces, decia uno; vas á saber lo que son las Matinés.

—Yo estoy comprometido á que vaya, clamaba otro, á ver el barrio de California.

—¡Eh, Fidel! gritaba Carrascosa cuando me asomaba á la ventana. Hoy es la cita para ver el Depósito.

—Toma tu sombrero, replicó al fin Francisco, que esos señores esperan á la puerta para llevarnos á Woodward’s Garden, y con esta son tres veces que los dejamos plantados.

Me separé de los amigos colaboradores, y cátennos vdes. en marcha para el Célebre Jardin, ornamento de San Francisco.

Como ya tengo dicho, despues de las calles principales se halla uno entre iniciativas de calles figuradas con latas, en las que hay, sin embargo, régias mansiones, falta de banquetas, tablazon y escombros, y parques, y jardines encantadores, solares abandonados, con montones de arena, en que los muchachos juegan á la pelota, con sendos garrotes en vez de chacuales; y ladies preciosas con sus botes de hoja de lata, que fungen de cestos, y sus libros debajo del brazo, marchan solitarias á su negocio, ni más ni ménos que un corredor de número.

Ocupa el Gran Jardin que visitamos un terreno espacioso sembrado de árboles y de exquisitas flores, entre las que las enredaderas envuelven profusas los muros de los varios edificios que contiene el Jardin, de formas gótica, arabesca, china y judía.

Sobre cada pabellon, kiosko ó galería, flotan banderas, sobresaliendo y prodigándose la americana, con vanidosa ostentacion.