Nicolás es cubano, hizo su educacion en Paris, se desvía con osada independencia, lo mismo de sus paisanos que tienden la mano menesterosos á la proteccion americana, que de los que venden su autonomía á los españoles, por falsas promesas ó por concesiones que disculpan el egoismo ó la debilidad.

Nicolás es alto, moreno, de lindísimos ojos negros y de una palabra que se podria llamar tropical, por su pompa y colorido.

Un pequeño y bien cuidado jardin, una escogida librería, dos ó tres piezas con su alcoba, su comedor y un cuarto de consultas, es la casa de Nicolás, albeando de limpia, templo del estudio, cesto de flores y nido de aves canoras, que él mima y chiquea con la diligencia de una niña.

Cuida y mantiene en órden perfecto la casita de Nicolás, su madre, anciana de cabellos blancos, ojos ardientes y llenos de bondad, y una dentadura, envidia del marfil.

Acentúa agradablemente el cuadro, un gran perro pinto de Terranova, que como que comenta con sus caricias ó gruñidos las sábias conversaciones del amo.

Mi llegada fué un acontecimiento feliz: eran las once de la mañana, hora en que suspende sus visitas el doctor para continuarlas en la tarde.

El perro festejoso salió á hacerme los primeros cumplimientos, como dando á entender que su amo le habia hablado de mí.

Nicolás salió del portalito de la casa lleno de enredaderas, tendiéndome la mano, y la señora quedó como en el centro de un cuadro de yerbas y flores, á la entrada de la alegre habitacion.

—Almuerzas con nosotros: no desaires á mamá.