—No hay que perder momento, dije á Joaquin; asaltemos el Alcázar, que no es mal recurso de distraccion en las alturas á que nos encontramos.
—Así me pensaba que discurriria vd.
A la hora anunciada, y en ménos que canta un gallo, estuvimos listos y á las puertas del Alcázar.
Es el Alcázar un salon comun de diez y seis varas cuadradas, poco más.
En el centro del salon hay seis robustas columnas de madera, que le dividen en naves; la central, amplia, y las laterales, que fungen como de tránsito, un tanto angostas.
Cercanas á las paredes hay mesas, porque en realidad se trata de un bar-room ó cantina en que se expenden licores.
Pero en el centro, y cerca del fondo, hay bancas paralelas con latas á su frente, y poco más altas que los asientos, en donde se colocan los vasos y suele sostenerse un plato en muy difícil equilibrio.
En uno de los corredores está la cantina, que es al mismo tiempo expendio de tabacos; el servicio se hace por numerosos domésticos que parten del mostrador y recorren las mesas, distribuyendo licores y excelente cerveza, á la vez que unos chicos giran entre la concurrencia ofreciendo puros y cigarros, y otros, en cajoncitos pequeños, venden dulces y bizcochos.
Las columnas de que hemos hablado sustentan en la altura un tapanco con su barandilla, y aquella es la galería en que las graciosas hijas del Sena y las criollas, ostentan sus gracias.
Dos tiras de madera, y entre ellas un cajon de canto suspendido de delgados, pero fuertes cordeles, conducen vasos, copas y botellas de un lado del mostrador á las regiones superiores, y el constante movimiento del elevador, da á entender que no siempre domina la austera sobriedad en las altas regiones.