La vibracion, húmeda de las lágrimas, del sollozo; el sentimentalismo sublime de la plegaria que tiende sus alas blancas bajo el cielo azul de la inocencia; todo lo más delicado, todo lo más voluptuoso de la melancolía íntima; aquellas lágrimas que como que resplandecian, como se dora la lluvia con los últimos destellos del sol poniente, al caer de la negra nube que se desplega sobre el Ocaso, todo me conmovió.

Y me conmovió, porque aquella raza proscrita, herida, parecia reanudar por el sentimiento, los vínculos despedazados por la revolucion.

Quintero estaba á mi lado, me hacia notar con aquella su elocuencia vigorosa y sombría, las afecciones filiales de algunos negros, los rasgos admirables de amor de algunos dueños de esclavos y los vínculos subsistentes, á pesar del desencadenamiento de las pasiones.

En otro teatro vimos en caricatura el matrimonio de una francecita pizpereta, parlanchina y espiritual, con uno de esos yankees desgoznados, bebedores, que no vacilan entre una mirada y un buen trago de cerveza, ó una lonja de jamon.

Muy frecuentemente asistia al almacen de M. Colon, donde acudian muchos mexicanos á hacer sus compras para Tampico y los pueblos de la frontera.

El almacen es como una encrucijada de lienzos, con sus entradas, salidas y vericuetos. En el centro de dos extensísimas galeras, y en un recodo que forman, está el escritorio en febril actividad.

Hay muchos dependientes en aquella casa, que á veces presenta el aspecto de una feria: allí concurria yo por estudiar algo de nuestras relaciones mercantiles, y porque Mr. Colon es el hombre más fino y servicial que se puede imaginar.

Además, M. Colon es amigo de muchos comerciantes de Tampico y Matamoros, que acuden á su casa constantemente, y esta circunstancia me procuraba noticias de México.

Uno de los comerciantes más sesudos que allí asistia, me decia al oir mis observaciones sobre nuestro comercio en la frontera:

—No se canse vd., la guerra de las tarifas no solo minará nuestro comercio y nuestras rentas, sino que producirá dificultades políticas de alta cuantía, sean las que fueren las protestas diplomáticas y los esfuerzos para mantener la paz entre los dos pueblos. Y lo peor es que los americanos pueden alegar, respecto de nosotros, razones que mucho debe pesar el gobierno mexicano.