Nuestras producciones principales, las constitutivas de nuestro comercio de exportacion, son aceptadas en los Estados-Unidos libres de derechos, ó con un derecho muy módico, y esto les da gran vuelo, al extremo de calcularse en doce millones de pesos.

Los artículos valiosos en esa gran suma, son: café, azúcar, zarzaparrilla, purga de Jalapa, henequen, ajos, petates, hamacas, arroz, vainilla, cueros, etc., etc., y todos esos artículos son libres en su importación á los Estados-Unidos, ó pagan derechos muy bajos, con excepcion del tabaco, de que no hacemos grandes envíos á la República vecina.

En cambio, las tarifas mexicanas repelen y gravan extraordinariamente los artículos que produce el Norte, como las harinas, por ejemplo, y los tejidos de algodon; el resultado será que ó se sostiene el contrabando para hacer efectivos los cambios, ó se establezca la reciprocidad, admitiendo nosotros efectos que ahora rechazamos; y por la propaganda del proteccionismo en el terreno práctico, cada concesion podria importar una revolucion....

Lo mismo sucede respecto de la zona; si se tacha de privilegio, extiéndase á todas las fronteras y el privilegio se convertirá en beneficio; y si se suprime, piénsese en que despoblar nuestra frontera equivale á traer al corazon de la República la invasion americana.

Aseguro á vd., continuaba mi viejo amigo, que ninguna de las cuestiones que tiene pendientes México es de tan vital importancia, como esta que estamos abordando tan superficialmente.

—Pero, ¿en qué quedamos? me decia yo mismo. ¿Me pongo en tren de soplar al prójimo entre pecho y espalda una leccion de economía política?.... No, señor. Y daba distinto rumbo á mis pensamientos.

Mucho habia hablado á mis compañeros de mis recuerdos de Orleans.

El aspecto de la ciudad habia cambiado extraordinariamente, de 1858 á la fecha; los amigos que nos recibieron, y á quienes debimos favores y cariño, habian desaparecido. El entónces risueño barrio frances, jóven, animado, rico y alegre, ahora se nos presentaba pálido, enfermo, lleno de harapos y como un mendigo; no era siquiera el esqueleto, eran los restos humanos en repugnante descomposicion.

Allí nos ofreció sus servicios Reybaud, frances de orígen, alistado en nuestro ejército, fogoso, batallador y franco marino, amigo de nuestros calaveras de buen tono y entusiasta por México. Reybaud era nuestro cónsul en Orleans.