Traté con placer vivísimo á Domingo Goicuria, héroe de la independencia cubana.
Enjuto de carnes, de color cetrino, óvalo prolongado de semblante, nariz aguileña y unos ojos en que se aparecian las tempestades y relámpagos de su alma apasionada. Tenia la cabeza blanca Domingo, y hondas arrugas surcaban su frente: su barba profusa y blanquísima caia á la mitad de su pecho y ondeaba revuelta á su accionar expresivo.
Narciso López le contó entre sus filas, Hernandez le vió en la vanguardia con sus compañeros; á él, se puede decir, se debió la expedicion de Lillan.
A cada revés se erguía más aquella naturaleza poderosa y aquella alma sublime.
Fatigó los mares con sus viajes, agenciando auxilios para redimir á su patria, regó sus años y vió desaparecer su juventud en aquella obstinada lucha.
Refugiado en Nasau, isla inglesa del archipiélago de las Lucayas, no pudo soportar su inaccion y se aventuró á cruzar en un bote el Océano, para tocar á su amada Cuba y pasar despues á México.
En un islote próximo á Cuba fué sorprendido el héroe y conducido á la Habana; tenia, cuando esto aconteció, setenta años.
Se hizo que le escarneciera el populacho, se exprimió la hiel de la injuria en sus dias, y se llegó al refinamiento en la crueldad.
Embotados los tiros de la tiranía en aquel carácter verdaderamente heróico, se le hicieron propuestas de advenimiento. El contestó tranquilamente: