Morales, en dos por tres, se ofreció á nuestras órdenes, nos habló de sus padres, de la guerra del Sur, de los negros mañosos, de las lavanderas dignas de confianza, de los dias de entradas y salidas de buques....

Morales era discreto como un buen cochero del sitio, y más que cualquiera de nuestros ministros diplomáticos.

Morales era agente, secretario, cónsul de la familia mexicana, próvido y despierto, atento, sin encogimiento, leal, y sobre todo, alegre y sufrido.

Por la mediacion de Morales conseguimos arreglar nuestras comidas á hora distinta que la ordinaria, y á esa hora, que era del aseo de las piezas y del descanso de los sirvientes, pudimos observar á irlandesas y negros.

Esta irlandesa es una mujeraza recia de carnes, de andar firme y de una imponderable tenacidad para el trabajo: ella asea las piezas, lava la ropa, limpia los suelos, trasporta tercios y olvida su sexo para entregarse á las más duras fatigas, por lo ménos durante el dia.

El negro semi-civilizado es el pretensioso y altivo; se alisa el pelo, deja motas de barba como moscas ó como moras pegadas con goma á su barba, ve altanero á sus iguales, y hace las cabriolas de un D. Agapito á sus superiores, gasta corbata azul ó roja, tirantes y chancla con calcetin muy limpio.

El negro es como el burro: en su niñez todo viveza, retozo y gracia; en la edad madura, es sombrío y taciturno.

En todo es estrepitoso el negro: en los mostradores bota á distancia vasos y charolas, de modo que se arrastren y patinen; así avienta las sillas, y así arma ruido estupendo con los platos, botándolos como si fueran de hojadelata ó gutta perca: tose como si aullase, se ríe como quien relincha y baila como quien apisona el suelo.

El negro, si está serio, hace la caricatura del prócer; si festivo, parece que dan suelta á un demonio; tiene la fisonomía como en un cuarto oscuro; cuando se baña, le seguimos con la vista como esperando que se destiña.