Ya se supondrá cuánto me habian conmovido aquellas palabras tan llenas de generosidad y de ternura.
En la casa de Federico Miranda se hizo el duelo de familia, se suspendieron los trabajos en cuanto se formalizó mi partida; Julia, adorable de bondad y señorío, llevaba á sus niños á la iglesia á que rogasen á Dios por su amigo Fidel.
Las señoras hablaban á sus conocimientos de mi ausencia, como de la pérdida de un hermano querido: querian que todos participaran de su duelo.
La niña enferma mostró deseos vivísimos de que le leyera algunos de mis versos; yo la complací: reuniéronse en su casa varios habaneros amigos, y en plena tertulia, dí lectura á la siguiente leyenda, que vió la luz en casa de Mad. Belloc, y que he elegido para que cierre mis recuerdos de Orleans:
A JULIA IGLESIAS.
LAS DOS VIRGENES
¿Qué son esos acentos que atraviesan
Sombras de fresnos, toldos de ramajes
Que al aire dan las orlas que columpian
Al ténue aliento de las brisas suaves?