El rubio aquel, cuyo nombre jamás he podido pronunciar, ni escribir, ni retener en la memoria, es dependiente principal de un gran restaurant de la calle del Canal, en que se venden pasteles, aguas minerales, riquísimos helados y licores exquisitos.
No he tratado carácter más jovial ni hombre más afecto á México; sobre todo, más enamorado de las mexicanas.
Tomamos una sola copa.... una sola, no hay que alarmarse, y fuimos siguiendo la procesion por el barrio americano.
Parecíanme angostas las calles, poco ménos que las nuestras; amplias banquetas bajo tendidos tejados, tiendas y cafés con profusion; de vez en cuando altos y elegantes edificios; pero las calles como enmarañadas y sin perspectiva.
A medida que se avanza, las calles se amplían, las casas se extienden en alegres hileras; en vez de los tejados, descubren sus frentes los pórticos americanos, descienden de ellos escalerillas cómodas, aparecen y se multiplican los pequeños jardines y tapizan las paredes colgaduras de caprichosas enredaderas, salpicadas de vistosas flores.
Se avanza más y se espacía la vista en calzadas frondosísimas, en grupos de árboles y en laberintos de flores, sembrados de casas risueñas en que parece residir la luz, la riqueza y la alegría.
Por las bocacalles de esas mismas avenidas alegres, verdeguean los campos, clarean tramos sin habitantes, y se aislan, ya fincas opulentas, ya humildísimas chozas, entre cuyas mal ajustadas latas brillan los ojos, blanquean los dientes y se distinguen las tenebrosas fisonomías de los negros.
Mi amable compañero, á quien llamaremos Trik, respondia á todas mis preguntas, deshacia mis equivocaciones.