En varios estandartes brillaba el nombre de O'Cononell, el hombre eminente, el ciudadano ilustre, el orador elocuentísimo, el defensor de los derechos de la Irlanda.
En todas las casas de los irlandeses habia cortinas, gallardetes y señales de regocijo. La cerveza corria á torrentes, en honra y gloria de la verde Erin, y en la tarde y noche hubo su iluminacion, y San Patricio, sin trabajo, hubiera podido distinguir á sus amados hijos entre las sombras de la noche, solo en el trastrabillar de sus paseos y en aquella facundia y en aquel meneo que produce el alcohol.
Las maritornes del hotel estaban como unas aleluyas; yo les mostré mi decidida devocion por San Patricio, y les dí unas monedillas para que las preces que le dirigiesen no fuesen del todo desairadas.
Al fin, no me pude contener, y como un bobo, me mezclé en la procesion y me dejé flotar entre empellones, trompetazos y ¡hurras! desaforados.
Aunque se trataba de una fiesta cristiana y muy popular, dominaba el colorido yankee, y los regocijos hicieron toda su explosion en el barrio americano.
Iba de lo más distraido y embullangado por la calle de Camp, cuando sentí á álguien enganchado á mi brazo con la mayor confianza.
Volví la cara: era el pelo rubio, la nariz larga, los ojos pequeños, y el empinado pescuezo de uno de los millones de ejemplares del yankee neto.
—Don Guillermo, ¿va bien? ¿no quiere un traguito? yo soy como mexicano, allá estoy y mi muchacha está muy bonita mexicana.
—Venga el traguito, sin más averiguacion.