A la entrada del hotel tuvimos la fortuna de encontrar á D. Andrés Cupia, muy conocido en México como empresario del extinguido Circo de Chiarini.

Este caballero, atento y servicial, facilitó los arreglos de instalacion, y hétenos descansando en nuestros aposentos.

Aunque el hambre me hacia insinuaciones urgentes, la quietud imperturbable del comedor me impuso respeto.

Busqué la cantina y el despacho: tenia más bien aspecto de sacristía, por lo mústio de la gente y la frialdad dominante en cuanto me rodeaba.

El Globo, si mal no recuerdo, está en la calle de la Perla, calle en ese momento invadida por un gran gentío; las damas con sus túnicos largos y sus gorritos; los caballeros con el sorbete bajo de copa y ancho de ala, chalecos blancos, holgados sobretodos de alas volantes, grandes cadenas de acero y zapato bajo con hebilla, con cierto aire pretensioso y grotesco, que no habia visto en otra parte.

Entré en un bar-room mugroso y ahumado, con sus antepuertas de alambre, situado en el subterráneo ó bassement del hotel.

Crucé á la acera de enfrente, donde me vieron la pinta de extranjero en un restaurant de apariencia elegante, unos criados ceremoniosos y pedantes: me cobraron dos pesos por dos piltrafas perdidas en un bosque de perejil, unos truscos de mantequilla, y un café abominable.

Volvíme á la estancia, bien lóbrega por cierto, del Hotel del Globo.

Allí me encontré en la mesilla de noche una gran Biblia, y en la pared, en que se hace de un huésped un kuakero, un reglamento como para un fraile meditabundo y austero; advirtiéndose que en aquel hotel á nadie se servian, ni se permitia el uso de los licores, porque era un hotel de temperancia.

Fiebre tenia yo de verme sujeto á tanta gazmoñería y tanta regla conventual; jamás la tiesura y las pretensiones cortesanas me cayeron más en desgracia.