Asoméme á la ventana de mi cuarto; la ciudad estaba de todo punto desierta; el silencio dominaba desde los altos edificios, uniformes, austeros y monótonos como todos los de los Estados-Unidos.

Las líneas de vapores y los trenes estaban suspendidos.

Era mucho eso de comulgarse veinticuatro horas en la ciudad desierta y en un hotel obligado á claustro de temperancia.

Reinaba en el hotel un silencio sepulcral, entristecian sus angostos claustros y sus cuartitos como celdas.

Sonó la campana lúgubre del comedor. A la entrada de éste se nos presentó un maestro de ceremonias de peinado pretensioso, gran furia, abultados bucles, frac, y corbata blanca, con la servilleta blanca bajo el brazo, que nos señaló, conforme graduaba nuestra categoría, los asientos que debiamos ocupar, extendiendo el brazo con majestad impertinente y pedantesca.

Como movidos por un resorte, los de la pequeña colonia mexicana le hicimos una seña de renuencia, y nos instalamos todos reunidos, provocando el primer desazon al gendarme aquel tan ceremonioso.

Para el servicio de las mesas habia una excelente coleccion de muchachas de tinte devoto y timorato, pero por lo mismo de cierta atraccion no del todo despreciable en aquellas alturas monacales.

Una amiga de esas ladies servidoras, M. Emma, fué objeto de mi especial solicitud: era alta, desembarazada, atenta, sabia frances, y detractando al maestro de ceremonias, mi maledicencia abrió el camino de las simpatías á la colonia mexicana; pero á pesar de sus generosos esfuerzos, la comida americana en su último grado de perfeccion, tan insoportable para nuestros estómagos, en su degeneracion en aquella casa era otra cosa; era la fantasmagoría, la impostura de los manjares, la suplantacion de las formas, la calumnia de la alimentacion.

VIAJE DE FIDEL
LIT. H. IRIARTE, MEXICO
El Niágara.