Era la hoja de higuera cocida, llamada lechuga; las bolas de astillas de carpintero, apellidadas papas; la vaqueta remojada, designada con el nombre de biftek; el engrudo, desfigurado con el título de puré; la hacha de fierro pasada por la grasa, y dada á conocer como costilla.

Y todo esto servido en unos platos del peso de media arroba, de cantería barnizada, en tazas que hacian abrir los labios como un freno, con picheles en el medio de las mesas, como parvulitos en paños menores: nada de mantel.

Pedimos vino.... y se nos vió con desden, sin darnos respuesta....—Pues dénnos vdes. cerveza.—El maestro de ceremonias nos volvió la espalda.

—¿Pero quién ha dicho á vdes. que nos hemos de alistar en la temperancia los que vamos pasando?

Esto dije como recado á Emma, para el maestro de ceremonias. Emma, yo no sé cómo tradujo, que el D. Fachenda de las ceremonias bramaba como toro: yo le preguntaba:—¿Qué es lo que dice?—Tonterías.—Y Emma le plantaba otra banderilla que bufaba, atribuyéndome no sé cuántas indignidades.

De todos modos, Emma fué mi protectora en Albany: era una flor de azahar caida, por una caprichosa inconsecuencia de la suerte, en un tazon de chapurrado añejo.

Albany está construido sobre colinas cuyo descenso es al rio, y desde su orilla, alzándose la vista, se distinguen en las alturas edificios magníficos, templos suntuosos, plazas y arboledas de delicioso aspecto.

Yo me dirigí solitario al muelle rodeado de almacenes cerrados, restaurants sin gente y tercios regados bajo los portales.

La calle del Estado sube un escalon escarpado desde el agua, limitando al fin de la calle la vista, la plaza del viejo Capitolio edificado en 1807.