Las calles de la Perla, la llamada Hig-Street, la de Jay, ostentan grandes edificios, muros cubiertos de muestras y letreros: animadas, deben producir sorpresa y contento al viajero; pero en aquel momento de catalepsia dominical, me produjeron tristísima impresion.
Al volver al hotel, en su despacho, me presentaron á la familia de una niña Zárate, que con el carácter de liliputiense, se estuvo exponiendo en México en compañía de otro parvulillo en diminutivo.
Confieso que yo no soy afecto á esos espectáculos en que aparece envilecida y como descarriada la naturaleza; esos personajes de un cuerno en la frente, de tres ojos, de rabo, desmesuradamente grandes, ó exageradamente pequeños, me parecen ejemplares echados á perder, que léjos de darse á luz, deberian guardarse cuidadosamente.
La vista de la niña me hizo mal.
Tendrá poco más de tres cuartas; es morena, delgada, de voz chillona y su conjunto trae irresistiblemente la idea del monito, por sus saltitos, por la movilidad de sus ojos, por sus movimientos caprichosos.
Por otra parte, yo bien conocia que los padres de la niña, que son personas excelentes, hacian bien de sacar partido de aquella extraña produccion, en beneficio de la misma niña; pero me contrariaba que conocieran á las mexicanas en aquella abreviatura raquítica y enfermiza. Por fortuna, el angelito hacia su gimnasio y mostraba todas sus simpatías á Gomez del Palacio, quien muy grave, pero comedido y amable, celebró aquella monería de la naturaleza.
Yo descendí al despacho, donde nos reunimos para comer.
La comida fué tan mal servida, tan ceremoniosa y molesta para mí, como el almuerzo, no obstante las atenciones de Emma, único rayo de luz social en medio de aquella temperancia, de aquella tiesura y de aquella repelente gazmoñería.
Al concluir nuestra desabrida colacion, porque no puedo darle el nombre de cena, el Sr. Cupia me dió algunas cartas de recomendacion para Nueva-York.
La casa de Cupia en Nueva-York es casa de huéspedes, y como conocen sus directores nuestras costumbres, el servicio es el mejor y más cómodo que se puede apetecer en aquella gran ciudad.