Dos grandes altares llamaron desde luego mi atencion: el mayor, dedicado á Nuestra Señora de Lourdes; el de San Francisco de Asis, cuya imágen me pareció hermosa y de correcto dibujo.

Cerca del altar de San Francisco se levanta severo y majestuoso el sepulcro del ilustre fundador de la Catedral, y se lee en una gran lápida la siguiente inscripcion medio borrada:

Aquí reposa el cadáver del Sr. D. Andrés Almonaster de Rojas, natural de Mayrena, en Andalucía, que falleció en Nueva-Orleans el dia 26 de Abril de 1798, á los setenta y cuatro años de su edad. Fué caballero de la Orden de Cárlos III, Coronel de Milicias, fundador de los Hospitales de San Cárlos y San Lázaro, así como del Convento de Ursulinas. Fundó la escuela de niñas Girlls Shool y de la Presbiteriana, cuyos edificios se hicieron en esta ciudad á sus expensas.—R. I. P.

Las pinturas que ví en el templo, aunque me las elogiaron de sobresalientes, encareciéndome la de la Transfiguracion, la Sacra Familia y San Luis, no las pude examinar.

A la salida del templo ví de nuevo el jardin.

No es posible describir la impresion de disgusto que se apodera de mí con la vista, muy comun por cierto en los Estados-Unidos, de los árboles recortados, que á fuerza de artificios se les cambia de figuras, y ya son como macetones, ya como barriles, ya tienen aun tendencias á remedar la figura humana!

¿Habrá vd. visto adefecio?

A mí me parece la tortura del árbol; me parece como á esos niños de los saltimbanquis que quebrantan y descoyuntan para especular con ellos: es tan repugnante, como la gorda presumida que hace del corsé un cincho tiránico; se semeja á las que se sahuman para estar pálidas. Cuando un estúpido pinta su sombrero de verde y á su perro de azul ó colorado, simplemente viste de fantasía al perro y él se pone en ridículo; el que á fuerza de adherencias de carton y de pinturas diera á una mula el aspecto de una choza y á un caballo el de una carretela, podia reclamar la atencion por la originalidad de su capricho; pero desnaturalizar al árbol mutilándolo, no puede ser bello, como no es bello que atusen á un caballo sus hermosas crines para convertirlo en caballo de ajedrez. Y lleven mis lectores por partida doble mis diatribas sobre los árboles.

M. Trik no estaba muy de acuerdo con mis observaciones, y me citaba los muros de verde de algunas calles y jardines.