Llevan en la mano un pedazo pequeño de alfombra, una cajita que guarda la bola y los cepillos, y en la tapa de madera, saliente, como la suela inversa de un zapato. En la calle, sin ceremonia alguna, cuando más, arrimado á cualquier poste, tiende su pié el transeunte, se apoya en el otro y se procede á la restauracion del lustre.
Yo dejé que el muchacho hiciera lo que le pareciera. Se apoderó de mi pié, escupió sus cepillos, tomó uno en cada mano, fijé el pié víctima, en la inversa planta de madera, y aquel fué restregar.... Yo, que tengo los piés de vidrio, sudaba, soplaba, y al fin me desprendí de las manos de aquel caribe, en un pié, y ardiendo mi alma.
Pero en materia de profesiones de muchachos, nada me llamó más la atencion que el vendedor de periódicos.
En la organizacion de todo periódico hay marcadísima distincion entre la parte intelectual, y la de negocio ó administrativa.
Respecto del reparto en las ciudades como Orleans, hay los dependientes que sirven á los suscritores, y ejemplares que se expenden á esos vendedores ambulantes, con un tanto por ciento de ganancia. En Nueva-York no hay suscritores.
Antes de la salida del periódico, hormiguea el despacho ó puesto comisionista, con cientos de muchachos, que son como los tubos del gas intelectual.
Sale el periódico, lo recoge la turba y se dispersa corriendo y proclamando su papel, encareciendo las noticias y hasta atisbando y conociendo á los que le pueden interesar.
Se introducen en cafés y hoteles, trepan en los wagones, asaltan la testera del ómnibus, se escurren en los teatros, y saltan de una citarilla y de una rendija. En general son de buenas costumbres los tales chicos: socorren á sus padres, y se cuenta de hombres opulentos, que vendiendo periódicos, empezaron á edificar cuantiosas fortunas.