—Eso es porque aunque todo lo que puedes vas considerando, observó Francisco, no te has detenido competentemente en calcar en tu magin la parte más característica de Broadway; es que ese pueblo encallejonado, esa arteria inmensa, ese canal por donde parece que corre el mundo, no tiene casas de habitacion.

Son tiendas, son almacenes, son muebles animados que completan el negocio: en Broadway no existe el hogar.

El letrado, el mercader, el banquero, viven fuera de esa calle en que se vende y se compra, se suma y se resta. El hombre se entrega allí á sus negocios, y cuando se retira á su casa, no gusta que nadie le interrumpa con lo perteneciente á sus ocupaciones.

Así es que, personas que tienen su oficina en Broadway, viven á ocho y diez leguas de distancia, que recorren en el ferrocarril diariamente; por esto no se percibe el tráfico del hogar.

En los claros de los escalones verás nombres, como anuncios, de personas que tienen en los pisos altos sus despachos, en oficinas varias contenidas en un mismo edificio.

Un abogado, un banquero, un comisionista, un impresor, un librero, despachan en esas oficinas que quedan desiertas á cierta hora.

La manera de dividir las tareas y los goces domésticos, (que es entre paréntesis tradicion inglesa), hace decir muy generalmente que el americano no tiene familia, ó por lo ménos, que se relajan mucho esos vínculos; pero esa no es la verdad, si se toma la observacion en toda la extension que quieren darle. Por el contrario, el americano suele concentrarse en esos goces íntimos, respeta la independencia de la mujer, y es tierno á su modo y considerado con los niños.

Aun hay más: en lo general es receloso y poco comunicativo; no abre, como nosotros, las puertas de su casa y su confianza al advenedizo que captó en la primera entrevista sus simpatías; estudia y espera, y solo despues de algun tiempo, dispensa su amistad, que es de buena ley entre la gente decente.

Quedéme pensativo, no sabiendo si aprobar ó replicar á la plática de Francisco; pero algo que hablaba en el suelo y se habia apoderado de uno de mis piés, me hizo abandonar toda reflexion.

El chico que me hablaba de rodillas, con su cachucha y su paletó y sus calzones remangados, dejando ver sus blancas pantorrillas y sus desnudos piés, era simplemente un limpiabotas que se ofrecia á comunicar lustre á mis zapatos, por cinco centavos. En toda la calle de Broadway cruzan estos chicos y hombres más cumplidamente vestidos, que ejercen igual oficio.