Eran dos hombres ya formados y de aspecto vulgar.
Cubierta la parte superior del cuerpo con sus ajustadas camisetas, sujetos sus pantalones negros de paño á su cintura por sus caidos tirantes, cuyo uso es aquí muy comun.
Entre los dos hombres habia un anciano de largo leviton, cariacontecido, con su sorbete hácia atrás y sus canos cabellos cayéndole á la espalda: abajo del tablado se veia otro personaje en pié, que segun dijeron, era el dueño del negocio, jefe de los boxeadores y como juez del palenque.
Hombres y mujeres mostraban atencion extrema.
Pusiéronse frente á frente los atletas: sus manos habian desaparecido bajo amplios y abultados guantes de gamuza amarilla, rellenos de lana y terminando en punta, de suerte que, al ménos, el guante no se contraia.
A un grito de mando, se dieron la mano cordialmente los combatientes, y comenzó la pelea.
Seguíase uno á otro como en la esgrima, espiando un instante en que disparar sus puños, perdian y ganaban terreno, braceando como dos nadadores: de repente uno embestia al otro, ó recíprocamente se acometian, descargando en ojos, en boca, en narices, sendos golpes que resonaban; repetíanse los encuentros, y en las vacilaciones y caidas, el público reia y aplaudia, como en un palenque de gallos.
Al ver á los boxeadores fatigados, se oia un grito; era del jefe: entónces se retiraban á los lados del teatro, jadeando; les suministraban traguitos de agua, los dejaban reposar y seguia el combate.
Pero aquellos golpes azotaban el rostro, se veia enrojecida la piel, se percibia pestañeando el ojo lastimado, y el público queria catástrofe, con descontento brutal.