Todavía se alargan los horizontes. El arca santa del refresco se instala en el mostrador.

Es una caja de mármol blanco con sendas llaves de plata alemana, y toda una maquinaria, un aparato como un órgano.

De las llaves brota la soda que alienta, y el Vichy digestivo, la agua de Saratoga y la de Seltz. Una escolta de botellones, que ostentan los más vivos colores, suministra jarabes de limon y fresas, de guindas y durazno, y aquella es como la fuente de Juvencio, con la diferencia de que sin mojar refresca y vivifica.

En semejante estado de cosas ya, las alfombras y los espejos y sillones llegaron preguntando por las ladies; en efecto, las esperan el Ice-cream, es decir, los helados, en un gabinete privado en que no se fuma, sonríe el amor y tiembla el bolsillo.

Antes de llegar á la realizacion de ese ensueño, suele ocurrir al afortunado padre de los bebedores detenerlos en su marcha fugaz. Entónces la música, como una Sirena, canta sobre los escollos.

Ya es la orquesta en toda forma con músicos briosos, ya un órgano valioso hasta en treinta mil pesos, que llaman orquestiva, que toca sonatas como los de San Francisco y Orleans, y ya los bailes y las representaciones teatrales.

Varios de estos especuladores procuran el entretenimiento inocente, haciendo que sirvan despabiladas muchachas, que está probado que despiertan la sed, más que el queso y que las castañas.

Corren en todos sentidos descotadas chicas, vestidas de modo que parecen desnudas, con la pierna acariciada directamente por el viento, y el viajero ignorante tiene sus primeras nociones de inglés por una especie de Olendorff práctico con el que muchos aprenden, y jamás se ha podido imprimir.

Pero eso es como si dijéramos la desviacion y el torcer rumbo: mi amigo y yo penetramos al bar-room mixto de comer y beber.