Mi primer movimiento fué quedarme inmóvil como Pipelet, raspé un fósforo, descubrí un caracol, y subí, subí extraordinariamente.
Algo interrumpia mi paso: tendí adelante las manos, y palpé tablas; acudí al fósforo: era una escalera perpendicular casi, que tenia por pasamano un cable con ayuda del cual se escalaba la altura. Emprendí la ascension, campaneándome y titubeando á cada esfuerzo; tornó el caracol á salirme al encuentro y la escalera á empinarme á los cielos.
La oscuridad era completa y el silencio absoluto.
Creí percibir alguna claridad; tenia sobre mi cabeza un bosque de vigones robustísimos, que se cruzaban, se extendian y se agarraban á las paredes, colgándose sobre el abismo como para sacar de él campanas monstruosas.
Dí un paso para ver aquello, y me pareció que se venia abajo la torre, tan estupendo así fué el ruido: todas las campanas sonaban á la vez, aturdiéndome, anonadándome. Aquello era espantoso.
Han de saber mis lectores que las campanas de la Trinidad están templadas con ciencia musical, como hay otras campanas aquí, en Nueva-York, y en otras ciudades de los Estados-Unidos.
Los campaneros, en los dias festivos, tocan sonatas y cantos patrióticos, y el de la Trinidad suele repartir programas de los trozos de ópera que se propone ejecutar con sus campanas. Todo esto es muy gracioso: yo creí que el registro músico era el derrumbamiento de la torre.
Llegué al fin al término del muro, de cuya plataforma arranca, para imperar sobre otras cuatro torres, la torre central.
La base es un sexágono imperfecto, presentando anchas fases á los puntos cardinales, pero sin dejar percibir conjuntos.