En la onda con que termina esta parte de la tierra, se ven salir como los dientes de una sierra, como calzadas ó corredores que parecen flotar en las aguas: esos son los innumerables muelles salientes de la extremidad de esa lengua imperfectísima con que hemos comparado á Nueva-York, que acaso podria decirse que tiene la figura de una bigornia de herrero.
Alzándose la vista, reverbera en toda su amplitud el rio; vense cruzando sus aguas, en agitacion febril, lanchas y barcas alzando á flor de agua y sumergiendo sus remos; barquichuelos con su vela, como un caballero andante con su pluma blanca, y navíos con sus lonas hinchadas como las plumas de un cisne, y atravesando rápidas como el sorbete de un corredor yankee, las chimeneas de los vapores, que gritando y lanzando al aire plumeros de humo blanco que brota y se tiende en rastros de nube, recorren en tropel las aguas, cruzándose y apartándose á grandes distancias.
Limitan ese horizonte al Sur Este, fuertes militares é islotes risueños, artificiales y naturales, y entre árboles, blanqueando, y sobre sus copas sobresaliendo los edificios de Broklyn, que parece haber aprovechado una altura para ver lo que ocurre á la orilla de sus aguas, ó más bien, ninfa saliendo de los bosques, á la que hicieran honores, y cuya presencia celebraran regocijados los génios acuáticos.
Volví mi vista á la parte Sur.
El fondo de este cuadro divino es la inmensidad del mar; su horizonte, remedo del infinito; su vaguedad, imágen de lo desconocido.
Varios fuertes cuyos nombres no tengo presente, armados de punta en blanco y severos, guardan la entrada del inmenso puerto, uno de los primeros del mundo.
Allí como que flota circular una fortaleza que nos mira con sus cien ojos, estupefactos de la grandeza que le ha rodeado en pocos años; la bahía, como una bacante, danza entre esos guerreros, vestida de luz.
La Battery está lela, como un amante viejo, mirando la juventud ardiente de la bahía.