Los especuladores de los teatros suelen calarse la capucha de penitentes y dar conciertos religiosos, con tan raro disimulo, que figuran entre las plegarias el coro de los conspiradores de Lecoq y los cancanes desvergonzados de Offembach; pero, así como así, se necesita, por los esclavos de la fortuna, transitar el camino del cielo, sea que se afecte la rigidez protestante, que se encallejone el neófito en los laberintos católicos, ó que siga las tradiciones de la Sinagoga.

El beneficio de la tolerancia pudiera llamarse económico-político, porque la concurrencia se perfecciona, y cada secta quiere ser más ilustrada, dedicarse á más fructuosas obras de beneficencia y que la moral resplandezca con mayor pureza, y esto tiene resultados prácticos, aun cuando cada religion, tenga sus jesuitas y sus siervos, que vivan regaladamente en honra y gloria de Dios.

La misa de los católicos, la misa más en boga, es la de San Estéban, templo situado en la calle 28, al Este.

El templo es de tres naves, el piso de mármol, el altar con cierta grandeza. Oscurecen el templo vidrios de colores, ménos los de la bóveda del altar, que presentan al sacerdote en un círculo luminoso de buen efecto.

La iglesia está llena de bancas con sus respaldos, que con las puertecillas de cada hilera forman angostos cajones divididos en asientos con su rodapié, en que se arrodilla el creyente, formando la moldura de la banca de su frente, atril en que descansan sus brazos y coloca su libro.

Corre bajo cada una de las naves y á cinco ó seis varas de altura, un tapanco con su balaustrada que se llena de sillas, y convierte en espectáculo teatral el sacrificio santo.

Sobre las puertas están la orquesta y los cantores. A las entradas del templo hay piletas de agua bendita con sus rejillas de alambre para que solo quepa el dedo, temiendo sin duda que se lavaran allí las manos los siervos del Señor.

La orquesta está muy acreditada, los cantores son excelentes, y á ellos se debe la numerosa concurrencia.

Oimos la misa, y vimos salir á los devotos entre vallas y grupos de curiosos. Allí se ve lo que hay de más escogido y aristocrático de los católicos, no solo en la Quinta Avenida, sino en puntos bien remotos de la ciudad.

A propósito: hé aquí la estadística de los templos, tomada de la Guía de Bachiller y Morales: